translationcollective

September 2, 2010

La Insurrección que viene

Filed under: espanol — translationcollective @ 8:43 pm

Comité invisible

insurrecccion que viene – PDF

insurreccion que llega – PDF

Introducción

Bajo cualquier ángulo que se le mire, del presente, no hay salida. Esa no es la menor de sus virtudes. Él niega todo apoyo a quienes prefieren esperar. Él desmiente en el instante a quienes pretenden tener soluciones. Si algo queda claro es que todo no puede ir sino de mal en peor. No se dice en vano que «El futuro ya no tiene porvenir»: esa es precisamente la sabiduría de una época que, con sus aires de extrema normalidad, llegó al nivel de consciencia de los primeros punks.

La esfera de la representación política se cierra. De izquierda a derecha, es la misma nada la que hace poses ataviadas de solemnidad o con aires de virgen, son las mismas cabeceras de góndola[1] las que intercambian discursos siguiendo los últimos hallazgos del servicio de comunicación. Quienes aún votan dan la impresión de no tener otra intensión sino la de hacer saltar las urnas a fuerza de ejercer el voto por pura protesta. De hecho, se comienza a adivinar que es contra el voto mismo que siguen votando. De lejos se ve que nada de lo que pasa está a la altura de la situación. En su propio silencio, la población parece infinitamente más adulta que todos los ineptos que se pelean por gobernarla. Hay más sabiduría en las palabras de cualquier chibani[2] de Belleville[3] que en todas las declaraciones de ‘cualquiera’ de nuestros supuestos dirigentes. La tapa de la olla social se vuelve a cerrar —y con triple seguro— mientras en su interior la presión no cesa de aumentar. Desde argentina, el fantasma del ¡Qué se vayan todos! comienza seriamente a acosar las cabezas de los dirigentes.

El incendio de 2005 no termina finalmente de proyectar su sombra sobre todas las conciencias. Esos primeros fuegos de alegría han sido el bautizo de un decenio repleto de promesas. El cuento mediático de las-afueras-contra-la-República, si no carece de efectividad, carece de veracidad. Brotes de fuego que fueron metódicamente silenciados comenzaron a arder hasta en los centros urbanos. Calles enteras de Barcelona ardieron de solidaridad, sin que nadie lo experimentara excepto sus habitantes. Y no es verdad que, desde entonces, el país haya dejado de arder. Entre los inculpados se encuentran toda clase de perfiles que apenas el odio de la sociedad existente puede unir. Algo que no hace la pertenencia de clase, de raza o de barrio. Lo inédito no reside, pues, en una «rebelión de las afueras» —que ya en 1980 no era nueva—, sino en la ruptura con sus formas establecidas. Los asaltantes ya no escuchan a nadie, ni a los hermanos mayores ni a la asociación local que ya debería manejar el retorno a la normalidad. Ningún SOS Racisme[4] podrá hundir sus raíces cancerosas en este evento al que solo la fatiga, la falsificación y la omertá[5] mediáticas pudieron pretender dar un término. Toda esta serie de golpes nocturnos, de ataques anónimos, de destrucciones sin concesión tuvo el merito de abrir al máximo la brecha entre la política y el político. Honestamente, nadie puede negar la carga de evidencia de este asalto: no formulaba ninguna reivindicación, no ofrecía ningún mensaje diferente a la amenaza y, a fin de cuentas, solo quería hacer la política. Hay que estar ciego para no ver todo lo que hay de puramente político en esta negación resoluta de la política. Ciegos, o no conocer nada sobre los movimientos autónomos de la juventud que se vienen realizando desde hace ya treinta años. Los primeros bibelots de una sociedad que sabe que no merita más miradas que los monumentos de París al final de la Semana sangrienta[6] se consumieron en empresas desesperadas.

No habrá solución social para la situación actual. Primero, porque el conglomerado de medios, de instituciones y de burbujas individuales —que por antífrasis se llama «sociedad»— no tiene consistencia; segundo, porque ya no hay un lenguaje para la experiencia común. Y si no se comparte un lenguaje, no se comparten las riquezas. Fueron necesarios medio siglo de lucha, en torno a las Luces, y un siglo de lucha, en torno al trabajo, para concretar la posibilidad de la Revolución francesa y para dar nacimiento al temible «Estado providencia»[7]. Las luchas crean el lenguaje en el que se dicta el nuevo orden. No hay nada semejante hoy día. Europa es un continente empobrecido que se esconde para hacer sus compras en Lidl[8] y viaja en low cost[9] para poder viajar. Ninguno de los «problemas» que se formulan en el lenguaje social admiten aquí una solución. La «pregunta de las jubilaciones», la de la «precariedad», la de los «jóvenes» y de su «violencia» solo pueden permanecer en suspenso mientras que se maneje policiacamente su paso a la acción; transición que, además, es siempre más sobrecogedora de lo que estas preguntas abarcan. No se conseguirá, pues, adornar el hecho de chapucear a buen precio a unos viejos despojados de su grupo y que no tienen nada que decir. Quienes encontraron en las vías criminales menos humillación, y más beneficios, que en el cuidado de los retretes no dejarán sus armas, y la prisión no les inculcará el amor por la sociedad. Encontrándose sobre sus rodillas, la exacerbación para disfrutar las hordas de jubilaciones no soportará los cortes oscuros en sus rentas mensuales, y ante la negativa al trabajo por parte de un gran sector de la juventud, esta solo puede incrementarse. Para terminar, ninguna renta básica —ninguna a la que se llegue en el futuro de un casi-levantamiento— suministrará las bases de un nuevo New Deal[10], de un nuevo pacto, de una nueva paz. El sentimiento social se ha evaporado ya suficientemente para eso.

En materia de soluciones, la presión para que nada pase y las inspecciones policiales del territorio no dejarán de acentuarse. Incluso el UAV[11] —que, según testimonio mismo de la policía, sobrevoló el Seine-Saint-Denis[12] el 14 de julio pasado— dibuja el futuro con colores más puros que todas las brumas humanistas. Que se haya tomado tanto cuidado en precisar que no iba armado, deja ver claramente en qué camino nos estamos comprometiendo. El territorio estará cada vez más demarcado por zonas cerradas. Ya las autopistas que se construyen al borde de un «barrio sensible[13]» levantan un muro invisible y completamente acondicionado para separar las zonas urbanizadas. La notoriedad de la gestión de los barrios «por comunidad» es la más efectiva, no importa lo que piensen las buenas almas republicanas. Las porciones puramente metropolitanas del territorio, los principales centros de la ciudad, llevarán con una deformación siempre más retorcida, siempre más sofisticada, siempre más resplandeciente su vida lujosa. Alumbrarán todo el planeta con su luz de burdel. Y mientras tanto las patrullas de la BAC[14], las compañías de seguridad privada —en una palabra, las milicias— se multiplican al infinito beneficiándose simplemente de una máscara judicial siempre más impudente.

Por todas partes visible, el impase del presente se niega por todos lados. Jamás debe haberse empleado un número tan grande de psicólogos, de sociólogos y de literatos, cada uno de ellos con una jerga particular que carece sobretodo de conclusiones. Basta escuchar los cantos de época, las fantasías pergeñadas por la «nueva canción francesa» (donde la pequeña burguesía desmenuza sus estados de ánimo y las declaraciones de guerra de la Mafia K’1fry[15]) para saber que una coexistencia pronto finalizará, que una decisión está cerca.

Este libro está firmado por un nombre de colectivo imaginario. Sus redactores no nos los autores. Los primeros, se contentaron con poner un poco de orden en los lugares comunes de la época, un poco de orden sobre eso que se murmura en las mesas de los bares, detrás de las puertas cerradas de los dormitorios. No han hecho más que fijar las verdades necesarias, esas cuyo rechazo universal colma los hospitales psiquiátricos y las miradas de pena. Ellos se hicieron los escribas de tal situación. Es un privilegio de las circunstancias radicales que la precisión conduzca con una lógica correcta a la revolución. Basta con decir lo que se tiene a la vista. Y no eludir la solución.


[1] En los mobiliarios utilizados para la exhibición de mercancías, parte lateral del mueble donde se colocan los productos en promoción.

[2] En la jerga militar, palabra que designa al más anciano de los individuos de una compañía.

[3] Barrio de París.

[4] Asociación francesa creada para luchar contra todas las formas de discriminación racial.

[5] Ley del silencio, decisión a callar cualquier cosa que, de una manera u otra, se haya presenciado.

[6] Fase final caracterizada por el hundimiento de la Comuna de París y la ejecución en masa de sus miembros.

[7] Estado que interviene activamente en los dominios económico y social con el fin de asegurar prestaciones sociales a los ciudadanos.

[8] “Lidl” es una tienda de descuentos de origen alemán. En Francia, es primera en su ramo.

[9] Aerolínea de bajo costo.

[10] Conjunto de medidas económicas implantadas por Franklin D. Roosevelt en 1933 para hacer frente a la crisis económica de 1929. Se basaba firmemente en el intervencionismo estatal.

[11] “Unmanned Aerial Vehicle”, por sus siglas en inglés.

[12] Departamento de Francia.

[13] En Francia, eufemismo administrativo para describir las zonas que necesitan más atención del estado.

[14] Brigada anti-criminal de la policía nacional francesa.

[15] Colectivo de rap francés.

Primer círculo

«I AM WHAT I AM»

«I AM WHAT I AM». Este es el último ofrecimiento del marketing mundial, la última fase de la evolución publicitaria; siempre hacia adelante, muy por delante de todas las exhortaciones para ser diferente, ser uno mismo y tomar Pepsi. Tantos conceptos para solo llegar ahí, a la pura tautología. YO = YO. Él corre en una trotadora frente al espejo de su gimnasio. Ella regresa del trabajo al volante de su Smart[1]. ¿Se encontrarán en algún lugar?

«YO SOY LO QUE SOY». Mi cuerpo me pertenece. Yo soy yo, tú eres tú, y eso está mal. Personalización en masa. Individualización de todas las condiciones: de vida, de trabajo, de desgracia. Esquizofrenia difusa. Depresión servil. Atomización de fines particulares paranoicos. Histerización del contacto. Mientras más quiero ser yo, más tengo el sentimiento de vacío. Cuanto más me expreso, más me agoto. Cuanto más me persigo, más cansado estoy. Yo tengo, tú tienes, todos tenemos nuestro ‘Yo’ como una mirilla fastidiosa. Nos hemos convertido en los representantes de nosotros mismos, en un comercio extraño, en los garantes de una personalización que, finalmente, tiene todas las características de una amputación. Así, garantizamos la ruina misma con una torpeza más o menos disfrazada.

En la espera, hago gerencia. La búsqueda de sí, de mi blog, de mi apartamento, de las últimas estupideces de moda, de las historia de pareja, de culos… ¡lo que sea haga falta de prostético para poder tener un Yo! Si «la sociedad» no se hubiese convertido en esa abstracción definitiva, ella designaría el conjunto de todas las muletillas existenciales que se me tienden para poder arrastrarme una vez más: designaría el conjunto de todas las dependencias que he contraído pagando el precio de mi identidad. El minusválido es el modelo de la ciudadanía por venir. Y no es sin premonición que, actualmente, las asociaciones que explotan al individuo exijan para él una «renta de existencia[2]».

Por todas partes, la exhortación a «ser alguien» resguarda el estado patológico que hace de esta sociedad algo necesario. La exhortación a ser fuerte origina la debilidad por la que ella misma se mantiene; lo hace a tal punto que todo parece tomar un aire terapéutico, incluso el trabajo, incluso el amor. Todos los «¿cómo estás?» que se intercambian en una jornada de trabajo hacen pensar en los numerosos chequeos de temperatura que se suministran unos a otros en una sociedad de pacientes. Ahora la sociabilidad se encuentra hecha de mil pequeños nichos, de mil pequeños refugios donde se mantiene uno caliente. Donde siempre se está mejor que en el frio de afuera. Donde todo es falso, puesto que todo es solo un pretexto para recalentarse. Donde nada puede ocurrir porque todos están muy ocupados titiritando a la vez. Pronto esta sociedad ya no se sostendrá más que por la tensión de todos los átomos sociales que se dirigen hacia una curación ilusoria. Es una central que obtiene su fuerza motriz de un contenedor de lágrimas gigante que siempre está a punto de desbordarse.

«I AM WHAT I AM». Ningún sistema de dominación jamás había encontrado una palabra de orden menos sospechosa. El cuidado del ‘Yo’ en un estado de casi-ruina permanente, en una casi-incapacidad crónica, es el secreto mejor guardado del orden de cosas actual. El Yo débil, deprimido, autocritico, virtual es por esencia ese sujeto indefinidamente adaptable que requiere de una producción basada en la innovación, en la obsolescencia acelerada de tecnologías, en la conmoción constante de normas sociales, en la flexibilidad generalizada. Es al mismo tiempo el consumidor más voraz y, paradójicamente, el Yo más productivo el que se lanzará con mayor energía y avidez a la caza del menor de los proyectos para luego volver a su estado larvario original.

«LO QUE YO SOY», ¿entonces? Desde la infancia, soy algo inundado por océanos de leche, olores, historias, sonidos, afecciones, canciones, sustancias, gestos, ideas, impresiones, miradas, cantos y manduca. ¿Lo que yo soy? Por todas partes, algo vinculado a lugares, sufrimientos, ancestros, amigos, amores, eventos, lenguas, recuerdos, a toda clase de cosas que sin duda alguna no son yo. Todo lo que me ata al mundo, todos los lazos que me constituyen, todas las fuerzas que habitan en mí no tejen una identidad como se me estimula a alabarla, sino una existencia —una existencia singular, común, viva y de donde emerge por instantes, por lugares, ese ser que dice «yo»—. Nuestro sentimiento de inconsistencia es solo el efecto de esa necia creencia en la permanencia del Yo, y del poco cuidado que concedemos a lo que provoca en nosotros.

Ver reinar así el «I AM WHAT I AM» de Re­book sobre un rascacielos de Shanghái causa vértigo. El occidente se expande por todos lados como su caballo de Troya favorito, esa antinomia asesina entre le Yo y el mundo, el individuo y el grupo, entre el apego y la libertad. La libertad no es el gesto de deshacernos de nuestros apegos, sino la capacidad práctica de operar sobre ellos, de moverse entre ellos, de establecerlos o de cortarlos. La familia solo existe como familia, es decir, solo como un infierno para quien ya ha renunciado a alte­rar los mecanismos debilitantes, o no sabe cómo hacerlo. La libertad de pelearse por siempre ha sido el fantasma de la libertad. No podemos desembarazarnos de lo que nos pone trabas sin perder al mismo tiempo aquello sobre lo que nuestras fuerzas podrían ejercerse.

«I AM WHAT I AM», por lo tanto no soy solo una mentira, ni una simple campaña publicitaria, sino una campaña militar, un grito de guerra dirigido contra todo lo que hay entre los seres, lo que circula indistintamente, lo que los une invisiblemente, contra todo lo que pone obstáculos a una desolación perfecta, lo que hace que existamos y hace que el mundo no tenga el aspecto de una autopista, de un parque de atracciones o de una nueva ciudad, en una palabra: aburrimiento puro, sin pasión y bien ordenado, espacio vacío, glaciar donde solo transitan cuerpos matriculados, moléculas automóviles y mercancías ideales.

Francia no es la patria de los ansiolíticos, el paraíso de los antidepresivos, la Meca de la neurosis, sin ser simultáneamente el campeón europeo de la productividad por horas. La enfermedad, la fatiga, la depresión pueden ser tomadas como los síntomas individuales de lo que es necesario curar. Ellas trabajan al cuidado del orden existente, de mi dócil adaptación a las normas débiles, de la modernización de mis propias muletas. Ellas abarcan en mí la selección de inclinaciones oportunas, conformes, productivas, y aquellas a las cuales va a ser necesario ofrecer gentilmente condolencias. «Hay que saber cambiar, tu sabes». Pero, consideradas como hechos, mis incapacidades pueden llevar también al desmantelamiento de la hipótesis del Yo. Entonces, se hacen actos de resistencia de la guerra en curso. Se hacen rebelión y foco de energía contra todo lo que conspira para normalizarnos, para amputarnos. El Yo no es lo que está en crisis dentro de nosotros, sino la forma de él que se busca infundirnos. Se quiere hacer de nosotros Yoes bien delimitados, bien separados, clasificables y almacenables por calidad, resumiendo: controlables, a pesar de que somos criaturas entre las criaturas, singularidades entre nuestros semejantes, carne viva que teje la carne del mundo. Contrariamente a lo que nos repiten desde la infancia, la inteligencia no es saber adaptarse (si eso es una inteligencia, es la de los esclavos). Nuestra inadaptación, nuestra fatiga son solo problemas desde el punto de vista de quien quiere someternos. Indican más un punto de partida, un punto de confluencia para complicidades inéditas. Dejan ver un paisaje que de otro modo sería más ruinoso, pero infinitamente más divisible que todas las entidades fantasmagóricas que esta sociedad mantiene por su cuenta.

No estamos deprimidos, no estamos en huelga. Para quien se niegue a hacer gerencia, la «depresión» no es un estado, sino un pasaje, un hasta luego, un paso hacia la desafiliación política. A partir de allí, no hay otra conciliación sino la medicamentosa o la policiaca. Es precisamente por ello que esta sociedad no teme imponer Ritaline a sus niños más despiertos, que fabrica correas de dependencias farmacéuticas y que pretende detectar los «problemas del comportamiento» a partir de los tres años de edad. Esa es la hipótesis del Yo que se desquebraja por todas partes.


[1] “MCC Smart” (Micro Compact Car Swatch Mercedes Art): automóvil de uso urbano.

[2] Renta básica.

Segundo círculo

«Divertirse es una necesidad vital»

Un gobierno que declara estado de emergencia contra muchachos de quince años. Un país que pone su propia salud en las manos de un equipo de futbol. Un prefecto que estipula una ordenanza contra quienes se construyen cabañas en los arboles. En la cama de un hospital, un policía se queja de haber sido víctima de «violencias». En Chelles, dos niños de diez años son inculpados por el incendio de una ludoteca. Esta época descuella gracias a una situación algo grotesca que en cada momento parece salirse de control. Y hay que decir además que los medios de comunicación no emplean bien sus esfuerzos para ahogar la carcajada de risa que debería acoger tales noticias en los registros de la denuncia y de la indignación.

Una carcajada deflagrada, esa es la respuesta justa a todas las grandes «cuestiones» que tenemos el placer de plantearnos en la actualidad. Comenzando por la más trillada: no existe la «cuestión de inmigración». ¿Quién se encuentra aún en lugar donde nació? ¿Quién vive donde creció? ¿Quién trabaja donde vive? ¿Quién vive donde vivían sus ancestros? Y, ¿de quién son los niños de esta época, de la televisión o de sus padres? La verdad, es que hemos sido arrancados masivamente de toda pertenencia, ya no somos de ninguna parte, y de ello se deduce, al mismo tiempo que una disposición inédita al turismo, un sufrimiento innegable. Nuestra historia es la de las colonizaciones, de las migraciones, de las guerras, de los exilios, de la destrucción de todos los enraizamientos. Es la historia de todo lo que hizo de nosotros extranjeros de este mundo, invitados en nuestra propia familia. Fuimos expropiados de nuestra lengua por la educación, de nuestras canciones por la variedad, de nuestras carnes por la pornografía en masas, de nuestra ciudad por la policía, de nuestros amigos por la condición de asalariados. En Francia, se suma a todo esto el trabajo feroz y secular de individualización por parte de un poder de Estado que nota, compara, disciplina y separa a sus individuos desde que son muy pequeños; un Estado que instintivamente pulveriza todas las solidaridades que se le escapan para que solo sobreviva la ciudadanía, es decir, la pertenencia pura y fantástica a la república. El francés, más que cualquier otro, es el desposeído, el miserable. Su odio al extranjero se fundamenta en su odio a sí mismo como extranjero. Sus celos, mezclados con el temor por las «ciudades[1]», no hacen más que mostrar su propio resentimiento hacia todo aquello que ha perdido. No se puede evitar que se tenga envidia de los barrios dichos de «exilio»[2] donde persisten todavía ciertos rastros de vida común, algunos lazos entre los seres, una que otra solidaridad no estatal, una economía informal, una organización que no se encuentra todavía desprendida de quienes ahí se organizan. Hemos llegado a ese punto de privación donde la única forma de sentirse francés es la de proferir maldiciones contra los inmigrantes, contra quienes son extranjeros como yo de manera más evidente. Los inmigrantes tienen en este país una curiosa posición de soberanía: si no estuviesen aquí, los franceses quizás ya no existirían.

Francia es el producto de su escuela, y no a la inversa. Vivimos en un país excesivamente escolar, un país donde recordamos el paso por el bachillerato como un momento que define la vida, un país donde los Jubilados todavía hablan de sus exámenes reprobados hace cuarenta años y de cuanto afectaron estos todas sus carreras, todas sus vidas. Desde hace siglo y medio, la escuela de la República ha formado un tipo de subjetividades estatalizadas y reconocibles entre las demás. Gente que acepta la selección y la competencia con la condición de que toda las oportunidades sean iguales, que espera que en la vida cada quien sea recompensado según su merito, como en un concurso. Esta Gente siempre pide permiso antes de tomar, respeta mutuamente la cultura, los reglamentos y a los primeros de la clase. Incluso el apego a los grandes críticos intelectuales y su rechazo al capitalismo son préstamos de ese amor a la escuela. Precisamente, esa construcción estatal de las subjetividades es la que se hunde, cada día más, junto a la decadencia de la institución escolar. La reaparición, hace veinte años, de la pugna entre la escuela y la cultura de la calle, entre la escuela de la República y su cultura de cartón, es el trauma más profundo que sufre hoy en día el universalismo francés. En este punto, y de antemano, la derecha más extrema se reconcilia con la izquierda más virulenta. Sin embargo, el solo nombre de Jules Ferry —ministro de Thiers durante el aplastamiento de la Comuna y teórico de la colonización— debería bastarnos para sospechar de dicha institución.

En cuanto a nosotros, cuando vemos profesores producto de no se sabe qué «comité de vigilancia ciudadana» venir a lloriquear a la hora de las noticias porque se les han quemado su escuela, recordamos cuántas veces, siendo niños, soñamos con eso. Cuando escuchamos a un intelectual de izquierda injuriar la barbarie de las pandillas de jóvenes que llaman con un megáfono a los transeúntes en la calle, que roban los muestrarios, que incendian carros y juegan al gato y al ratón con la CRS[3], recordamos lo que se decía de los gamberros en 1960 o, mejor aún, de los apaches en la «Belle Époque[4]»: Desde hace algunos años —escribe un juez en el tribunal de la Seine en 1907— está de moda designar bajo el nombre genérico de apaches a todos los individuos peligrosos, a un montón de reincidentes enemigos de la sociedad, sin patria ni familia, desertores de todo deber, siempre preparados para dar los golpes de mano más audaces y para efectuar atentados contra personas o propiedades». Estas pandillas, que huyen del trabajo tomando el nombre de su barrio y enfrentándose a la policía, son la pesadilla del buen ciudadano individualizado a la francesa: encarnan todo a lo que él renunció y toda la alegría a la que jamás podrá acceder. Es impertinente existir en un país donde se lleva un niño a cantar en público y luego se le desaíra con un «¡No más, vas a hacer que llueva!», donde la castración escolar despacha generaciones de empleados refinados bajo el método de justo-a-tiempo[5]. El aura persistente de Mesrine[6] se debe menos a su rectitud y a su audacia, que al hecho de haberse propuesto vengar todo lo que nosotros deberíamos vengar. O mejor dicho: lo que deberíamos vengar directamente en lugar de seguir dando rodeos, posponiendo. No hay duda de que a causa de mil bajezas desapercibidas, de toda clase de maledicencias, de una maldad congelada y de una cortesía venenosa, el francés no cesa de vengarse, constantemente y contra todo, del aplastamiento al que se ha visto resignado. Ya era tiempo de que el ¡burla a la policía! tomase el lugar del ¡sí, señor agente! En este sentido, la hostilidad sin matices de ciertas pandillas solo expresa de una manera un poco menos apelmazada el ambiente funesto, el espíritu malvado de fondo, las ganas de destrucción salvadora en la que este país se consume.

Llamar «sociedad» a este pueblo de extranjeros en medio del cual vivimos es una usurpación de tal magnitud que incluso los sociólogos piensan en renunciar a ese concepto que fue durante todo un siglo su sustento. Ahora, prefieren la metáfora de la red para describir la forma en la que se conectan las soledades cibernéticas, en la que se traman las interacciones débiles conocidas con el nombre de «colega», «contacto», «camarada», «relación» o «aventura». Ocurre igualmente que esas redes se condensan en un medio donde solo se comparten códigos, donde no se representa otra cosa sino la incesante recomposición de una identidad.

Se perdería el tiempo detallando todo lo que hay de agonizante en las relaciones sociales existentes. Se dice que la familia está de vuelta, que la pareja regresa. Pero la familia que regresa no es la que se había ido. Su regreso no es más una acentuación de la separación reinante: ella sirve para engañar, convirtiéndose en lo qué es gracias al engaño. Cada quien puede testimoniar las dosis de tristeza que se condensan en las fiestas familiares de año en año. Esas sonrisas laboriosas, esas molestias de ver a todo el mundo disimular en vano; ese sentimiento de que hay un cadáver allí, puesto sobre la mesa, y que todo el mundo pretende ignorar. De flirteo en divorcio, de concubinato en recomposición, cada quien siente la inanidad del triste núcleo familiar, pero todos parecen juzgar que sería todavía más triste renunciar a él. La familia ya no es tanto la sofocación de la empresa materna, o del patriarcado de las tortas en la boca, como el abandono infantil de una dependencia esponjosa donde se conoce todo: ese momento de despreocupación de cara a un mundo en el que ya nadie puede negar que se derrumba, un mundo donde «hacerse autónomo» es un eufemismo para «haber encontrado un patrón». Se quisiera encontrar en la familiaridad biológica la excusa perfecta para corroer en nosotros toda determinación un poco desgarradora. Bajo el pretexto de que se nos ha visto crecer quisieran hacernos renunciar a todo gran acontecer de la misma manera que se hizo con la seriedad de la infancia. Y de esta corrosión es necesario cuidarse.

La pareja es como el último escalón de la gran debacle social. Es el oasis en medio del desierto humano. Aquí, bajo los auspicios de lo íntimo, se viene a buscar todo lo que de manera muy evidente desertó de las relaciones sociales contemporáneas: el calor, la simplicidad, la verdad, una vida sin teatro ni espectador. Pero, terminado el deslumbramiento amoroso, la «intimidad» cae en desuso: ella misma es una invención social, habla el lenguaje de los periódicos femeninos y de la psicología; ella misma, como el resto, se encuentra blindada de estrategias hasta el hastío. No hay aquí más verdad que en otra parte, aquí también dominan la mentira y las leyes de la extrañeza. Y cuando esa verdad se encuentra allí por casualidad, exige una distribución que desmiente la institución misma de la pareja. Aquello por lo que los seres se aman es también lo que los hace amables y arruina la utopía del autismo entre dos.

En realidad, la descomposición de todas las formas sociales es una ganga. Desde nuestro punto de vista, es la condición ideal para una experimentación masiva, salvaje, de nuevas distribuciones, de nuevas fidelidades. La famosa «dimisión por paternidad» nos impuso una confrontación con el mundo que forzó en nosotros una lucidez precoz; pero augura bonitas revueltas. Ahora, nosotros vemos nacer inquietantes formas de afectividad colectiva en la muerte de la pareja. Lo vemos porque ya el sexo se usó hasta el desgaste, porque la virilidad y la feminidad tienen costumbres apolilladas, porque tres decenios de continuas innovaciones pornográficas agotaron todos los atractivos de la transgresión y de la liberación. Contamos entonces con lo que hay de incondicional en los lazos de parentesco para que la armadura de la solidaridad política sea tan impenetrable a la injerencia estatal como un campamento de gitanos. Incluso las interminables subvenciones —que muchos parientes están obligados a prodigar a su linaje proletarizado— pueden convertirse en una forma de mecenazgo en favor de la subversión social. «Devenir autónomo», eso podría significar también: aprender a luchar en la calle, a apropiarse de casas vacías, a no trabajar, a amarse locamente y a robar en los centros comerciales.


[1] En el original “cités” (ciudades). Antiguamente el término hacía referencia a una comunidad política cuyos miembros se administraban a sí mismos.

[2] En el original “relégation”: palabra que en Roma designa el exilio en un lugar fijo, sin confiscación de bienes ni supresión de los derechos políticos.

[3] Siglas para “Compagnie républicaine de sécurité” (equivalente a brigada antidisturbios).

[4] Expresión que designa el periodo comprendido entre la Guerra Franco Prusiana de 1870-1871 y el estallido de la Gran Guerra de 1914.

[5] Sistema de origen japonés de organización de la producción. En líneas generales, es un método que busca reducir el tiempo del proceso de manufactura, desde la materia prima hasta la liberación de los productos terminados.

[6] Gánster francés, famoso por sus robos y escapes.

Tercer círculo

«La vida, la salud, el amor son precarios, ¿por qué el trabajo habría de escapar a esa ley?»

En Francia, no hay una cuestión más enmarañada que la del trabajo. No hay relación más retorcida que la de los franceses con el trabajo. Vayan a Andalucía, a Argelia, a Nápoles. Allí, en el fondo, se desprecia el trabajo. Vayan a Alemania, a los Estados Unidos, a Japón. Allí se reverencia el trabajo. Las cosas cambian, es verdad. Se sabe bien que en Japón existe el otaku[1], en Alemania el frohe Arbeitslose[2] y el workaholic[3] en Andalucía. Pero, por el momento, esas son solo curiosidades. En Francia, se dan golpes de pies y de manos para trepar en la jerarquía; pero, en privado, uno se vanagloria de no levantar ni un dedo. Cuando estamos apabullados, permanecemos hasta las diez de la noche en el trabajo; pero jamás hemos tenido los escrúpulos de robar de aquí y de allá material de la oficina o, si se presenta el caso, de dejar sangrar los stocks de la caja de piezas de recambio que pueden revenderse. Se detestan los patrones, pero se quiere a todo precio ser empleado. Tener un trabajo es un honor y trabajar una marca de servilismo. Resumiendo: el cuadro clínico perfecto de la histeria. Se ama detestando, se detesta amando. Y cada quien sabe qué estupor y qué desconcierto golpea al histérico cuando pierde a su víctima, a su maestro. Lo más frecuente es que no se recupere.

En este país político, que en el fondo es Francia, el poder industrial siempre ha estado subordinado al poder estatal. La actividad económica jamás ha cesado de estar sospechosamente enmarcada por una administración quisquillosa. Los grandes patrones que no son descendientes de la nobleza de Estado tipo Polytechnique-ENA[4] no son más que los parias del mundo de los negocios. Entre bastidores se admite que dan un poco de lastima. Bernard Tapie es su héroe trágico: adulado un día, en prisión al siguiente, siempre intocable. Que él evolucione ahora sobre la propia escena no tiene nada de asombroso. Contemplándolo como se contempla un monstruo, el público francés lo mantiene a una distancia prudente y —por el espectáculo de una infamia tan fascinante— se cuida de su contacto. A pesar del gran bluff[5] de los años 80, el culto de la empresa jamás se asentó en Francia. Cualquiera que escriba un libro para vilipendiarla se asegura un best seller. Los gerentes, sus costumbres, su literatura, en vano se han pavoneado ante el público; alrededor suyo queda un cordón sanitario de risitas sarcásticas, un océano de desprecio, un mar de sarcasmos. El empresario no es parte de la familia. En la jerarquía de la detestación, si se lo mira bien, es preferible el policía. Ser funcionario sigue siendo, contra vientos y mareas, contra golden boys y privatización, la definición más clara del buen trabajo. Se puede envidiar la riqueza de quienes no lo son, no se envidia su puesto.

Sobre el fondo de esta neurosis —y mientras los ex-ejecutivos se instalan con sus laptops dentro de las tiendas de Médicos del mundo a orillas del Sena— los gobiernos que se suceden son quienes todavía pueden declarar la guerra al desempleo y pretender con ello librar la «batalla del empleo». Lo intentan a pesar de que las radiaciones masivas del ANPE[6], valiéndose de todos los trucajes estadísticos, apenas consigan hacer descender el número de desempleados por debajo de los dos millones. Lo intentan a pesar de que el RMI[7] y el biz[8], según opinión misma de las informaciones generales, sean los únicos que pueden ejercer cierta protección contra una explosión social que en todo momento es posible. Así, tanto la economía psíquica de los franceses como la estabilidad política del país se ponen en juego con el mantenimiento de la ficción laborista.

¡Que se nos permita mofarnos de ello!

Pertenecemos a una generación que vive muy bien sin esa ficción. Jamás contamos con la jubilación ni con el derecho laboral, mucho menos con el derecho al trabajo. Nuestra generación no es incluso «precaria», como se complacen en teorizarla las facciones más avanzadas de la militancia izquierdista. Porque ser precaria es definirse aún en relación con la esfera laboral, en concreto: con su descomposición. Admitimos pues la necesidad de encontrar dinero —sin importar los medios, ya que es actualmente imposible vivir sin él—; pero no admitimos la necesidad de trabajar. Además, ya no trabajamos: curramos[9]. La empresa ya no es un lugar donde existimos, es un lugar que atravesamos. No somos cínicos, solo somos reticentes a soportar el abuso. Para gran desconcierto de los gerentes de recursos humanos, los discursos sobre la motivación personal, la calidad, la inversión pasan sobre nosotros sin adherirse. Se dice que estamos decepcionados de la empresa, que esta no ha hecho honor a la lealtad de nuestros padres, que los ha despedido muy hábilmente. Pero se miente. Para estar decepcionado, es necesario haber esperado algo. Y no esperamos jamás nada de ella. La vemos exactamente como es y como jamás ha cesado de ser: una estafa piramidal de confort variable. Sentimos solamente que nuestros padres hayan sido engañados; al menos los pocos que creyeron en ello.

La confusión de los sentimientos que rodea la pregunta del trabajo puede explicarse así: la noción del trabajo siempre ha recubierto dos dimensiones contradictorias, o sea, una dimensión de explotación y una dimensión de participación. Explotación de la fuerza de trabajo individual y colectiva por la apropiación privada o social de la plusvalía; participación en una obra común producto de los lazos que se tejen entre quienes cooperan en el seno del universo de la producción. Esas dos dimensiones están viciosamente confundidas en la noción de trabajo. Esto explica la indiferencia de los trabajadores y, a fin de cuentas, tanto la retorica marxista, que niega la dimensión de la participación, como la retorica gerencial, que niega la dimensión de la explotación. De aquí se infiere también la ambivalencia de la relación del trabajo. Al mismo tiempo injuriada por hacer de nosotros extraños en lo que hacemos, es adorada por ser una parte de nosotros mismos la que allí se pone en juego. El desastre es entonces previo: reside en todo lo que fue necesario destruir, en todos aquellos que fue necesario desarraigar para que el trabajo terminara siendo la única forma de existencia. Desde hace siglos, el horror del trabajo no se encuentra en el trabajo mismo, sino en el estrago metódico de todo lo que él no es: las familiaridades de barrio, de profesión, de ciudad, de lucha, de parentesco; el apego a lugares, a seres, a estaciones, a formas de hacer y de hablar.

Ese es el recinto de la paradoja actual. En la misma época donde los trabajadores se hicieron superfluos, el trabajo triunfó sin socavo de todas las demás formas de existir. Las ganancias de productividad, la deslocalización, la mecanización, la automatización y la informatización de la producción han progresado tanto que redujeron a casi nada la cantidad de trabajo humano necesario para la confección de mercancías. Vivimos la paradoja de una sociedad de trabajadores sin trabajo, una donde la distracción, el consumo y los momentos de ocio solo acusan aún más la ausencia de eso de lo que nos deberían distraer. La mina de Carmaux, que fue célebre durante un siglo por sus huelgas violentas, ha sido reconvertida en Cap’Découverte. Es un «complejo de multi-esparcimientos» donde se hace skateboard y ciclismo, y que se da a conocer por un «museo de la Mina» en el que se simulan explosiones de grisú para los vacacionistas.

De forma siempre más evidente, el trabajo en las empresas se divide en empleos altamente calificados —de investigación, de concepción, de control, de coordinación, de comunicación; vinculados a la puesta en marcha de todos los conocimientos necesarios para el nuevo proceso de producción cibernético— y en empleos sub-clasificados de mantenimiento y vigilancia. Los primeros son pocos, muy bien pagados y tan codiciados que la minoría que los acapara no pensaría siquiera en dejar escapar una migaja de estos. Su trabajo y ellos mismos se encuentran extremadamente unidos en una opresión angustiada. Gerentes, científicos, cabezas de lobby, investigadores, programadores, desarrolladores, consultores e ingenieros, ninguno de ellos, literalmente jamás, deja de trabajar. Incluso sus nalgas planas aumentan la productividad. «Las empresas más creativas son también aquellas donde las relaciones intimas son las más numerosas», así teoriza un filosofo para la DRH[10]; «Los colaboradores de la empresa, confirma el de Daimler-Benz, son parte del capital de la empresa […] Su motivación, su saber-hacer, su capacidad de innovación y su preocupación por los deseos de la clientela constituyen la materia prima de los servicios innovadores […] Su comportamiento, su competencia social y emocional tienen un peso creciente en la evaluación de su trabajo […] Este ya no será evaluado en número de horas presenciales, sino sobre la base de los objetivos alcanzados y de la calidad de los resultados. Son empresarios.»

El conjunto de tareas que no pudieron ser delegadas a la automatización, forma una nebulosa de puestos que al no poder ser ejecutados por maquinas son ejecutados por un humano cualquiera (encargados de logística, almacenistas, trabajadores en la cadena de producción, temporarios, etc). Esta mano de obra flexible, indiferenciada —que pasa de una tarea a otra y no permanece nunca mucho tiempo en una sola empresa— ya no puede sumarse a una fuerza única: jamás se encuentra en el centro del proceso de producción; siempre está difuminada en una multitud de intersticios, siempre ocupada tapando los huecos de aquello que no ha sido mecanizado. El interino es la figura de ese obrero que ya no es uno, que ya no tiene un oficio; que vende sus capacidades a lo largo de sus misiones y cuya disponibilidad nunca deja de ser un trabajo.

Al margen de ese núcleo de trabajadores efectivos, necesarios al buen funcionamiento de la maquina, se extiende a partir de ahora una mayoría que se hizo supernumeraria —una que es en efecto útil al flujo de la producción, pero no tanto— y que por su ociosidad hace pesar sobre la máquina el riesgo de sabotearla. La amenaza de una desmovilización general es el espectro que acosa el sistema de producción actual. A la pregunta «¿Por qué trabajar entonces?» todo el mundo no responde como este ex-Rmiste[11] en Libération: «Por mi bienestar. Era necesario que yo me ocupase en algo». Existe un riesgo serio de que terminemos encontrando un empleo en nuestra ociosidad. Esa población flotante debe estar ocupada o cuidada. Ahora bien, no se ha encontrado hasta el presente un mejor método disciplinario que el salario. Habrá pues que buscar el desmantelamiento de los «logros sociales» con el fin de restablecer a los más rebeldes en el seno salarial: esos que no se rinden sino de cara a la alternativa entre morir de hambre y podrirse en la cárcel. La exposición del sector esclavista de los «servicios personales» debe continuar: mujeres de servicio, restauración, masajes, asistencia a domicilio, prostitución, cuidados, cursos particulares, distracciones terapéuticas, ayuda psicológica, etc. Todo acompañado de un levantamiento continuo de las normas de seguridad, de higiene, de conducta y de cultura; de una aceleración en la fugacidad de las modas que por sí mismas establecen la necesidad de tales servicios. En Rouen, los parquímetros han cedido su lugar al «parquímetro humano»: alguien que se aburre en la calle entregando tickets de estacionamiento y, si se presenta el caso, alquila paraguas en tiempos de lluvia.

El orden del trabajo fue el orden de un mundo. Con la simple idea de todo lo que se sigue, la evidencia de su ruina afecta con catatonia. Trabajar, hoy, se relaciona menos con la necesidad económica de producir mercancías que con la necesidad política de producir productores y consumidores, de salvar el orden del trabajo por todos los medios. Producirse a sí mismo está a punto de convertirse en la ocupación dominante de una sociedad donde la producción ha llegado a no tener objeto; tal y como sucedería a un carpintero que habiéndose visto despojado de su atelier, y que por falta de otros medios, decidiera pasarse el mismo por encima la maquina cepilladora. De aquí se infiere el espectáculo de toda esa gente joven que practica su sonrisa para la entrevista de contratación, que se hacen blanquear los dientes por un mejor progreso, que van a la discoteca para estimular el espíritu de equipo, que aprenden inglés para reforzar su carrera, que se divorcian o se casan para actualizarse, que hacen cursos de teatro para hacerse lideres o de «desarrollo personal» para «manejar mejor los conflictos».

«El “desarrollo personal” más íntimo —asegura uno de tantos gurús— llevará a una mejor estabilidad emocional, a una abertura relacional más cómoda, a una agudeza intelectual mejor dirigida y finalmente, a un mejor performance económico». El bullicio de todo ese mundo —que al entrenarse para ser natural espera con impaciencia ser seleccionado—, concernirá a una tentativa de rescate del orden del trabajo ejecutada por una ética de la movilización. Ser movilizado es relacionarse con el trabajo; no como actividad, sino como posibilidad. Si el desempleado que se quita sus piercings va para el barbero y hace «proyectos», si de hecho trabaja «en su potencialidad laboral», entonces así que demuestra su movilización. La movilización es ese ligero desprendimiento en la relación consigo mismo, es ese mínimo desgarramiento de lo que nos constituye, esa condición de extrañeza a partir de la cual el ‘Yo’ puede ser tomado como objeto de trabajo, a partir de la cual es posible venderse uno mismo y no hacer lo mismo con la fuerza de trabajo; es donde podemos hacernos remunerar no por lo que hacemos sino por lo que somos, y todo en función de nuestra exquisita maestría de los códigos sociales, de nuestros talentos relacionales, de nuestra sonrisa o de nuestra forma de lucir. Esa es la nueva norma de socialización. La movilización controla de este modo la fusión de los dos polos contradictorios del trabajo: se participa en su explotación y se explota toda su participación. Idealmente, se es para sí mismo una pequeña empresa; su propio patrón y su propio producto. Se trabaje o no, lo primordial es acumular los contactos, las competencias, la «red». En una palabra, el «el capital humano». La exhortación planetaria a movilizarse al menor pretexto —bien sea por el cáncer, el «terrorismo», un temblor de tierra, o los SDF[12]— resume la determinación de los poderes dominantes para mantener el reino del trabajo más allá de su desaparición física.

Así pues, el aparato de producción actual es por un lado esa máquina gigantesca diseñada para movilizar a los humanos tanto psíquica como físicamente, para sustraer la energía de aquellos que se convirtieron en excedentes; por el otro, es esa máquina diseñada para clasificar que concede la supervivencia a las subjetividades conformes y abandona a todos los «individuos de riesgo», a todos aquellos que encarnan otro uso de la vida y, por esto, se resisten. De un lado, se hace vivir a los espectros; del otro, se deja morir a los vivos. Tal es la función propiamente política del aparato de producción presente.

Organizarse más allá y en contra del trabajo, desertar colectivamente el régimen de la movilización, manifestar la existencia de una vitalidad y de una disciplina en la propia desmovilización es un crimen que una civilización acorralada no está preparada para perdonarnos. En efecto, esa es la única manera de sobrevivir.


[1] Término japonés que designa personas con intereses obsesivos, particularmente relacionados con el Animé, el Manga y los video juegos.

[2] En alemán “desempleado feliz”.

[3] En inglés “adicto al trabajo”.

[4] Se trata de dos instituciones de enseñanza: por un lado, “POLYTECHNIQUE” es una prestigiosa escuela de ingeniería que mantiene estrechos lazos con el departamento de defensa; por otro, “ENA”, es la escuela nacional de administración en Francia.

[5] Actitud, acción destinada a crear ilusión, a engañar simulando recursos de los que se carece.

[6] “Instituto nacional de empleo francés”.

[7] Ayuda estatal para la inserción social de personas sin ingresos.

[8] “Beruffsinformatiouns-Zentrum” (BiZ) o Centro de Información Profesional.

[9] En el original “nous taffons”.

[10] En Francia, “dirección de recursos humanos”.

[11] El “Rmiste” o “Erémiste” es una persona que cobra la ayuda estatal para la inserción social (de las siglas MRI: “revenu minimum d’insertion”)

[12] Abreviación en francés de “sans domicile fixe” (sin domicilio fijo) para referirse a los vagabundos.

Cuarto círculo

«¡Más simple, más divertido, más dinámico, más seguro!»

Que no se nos hable más de «la ciudad» y de la «campo»; menos todavía de su antigua oposición. Lo que se extiende alrededor de nosotros no se parece de ninguna manera a eso: es una capa urbana única, sin forma y sin orden; una zona desolada, indefinida e ilimitada; un continuum mundial de hipercentros museísticos y parques naturales, de grandes conjuntos y de inmensas explotaciones agrícolas, de zonas industriales y de urbanizaciones, de casas de campo y de bares modernos: es la metrópoli. Se sabe bien que ha existido la ciudad antigua, la ciudad medieval o la ciudad moderna; pero no ha existido la ciudad metropolitana. La metrópoli busca la síntesis de todo el territorio. Allí todo cohabita; no geográficamente, sino por la interconexión de sus redes.

Precisamente como historia, se ha hecho de la ciudad un fetiche solo porque acaba de desaparecer. Las manufacturas de Lille[1] se convierten en salas de espectáculos, el centro de la Havre[2] recubierto de hormigón es patrimonio cultural de la Unesco. En Pekín, los hutong[3] que rodean la Ciudad prohibida están destruidos; pero, un poco más lejos, se reconstruyen otros falsos para el deleite de los curiosos. En Troyes[4], se pegan fachadas con entramados de madera sobre los edificios: un arte del pastiche que no pasa sin evocar las boutiques de estilo victoriano de Disneyland Paris. Los centros históricos, hace mucho ocupados por la sedición, encuentran inteligentemente su lugar en el organigrama de la metrópoli. Allí, están destinados al turismo y al consumo ostentoso. Son los islotes de la magia mercantil que se mantienen gracias a la feria y a la estética, también se mantienen por la fuerza. El remilgo sofocante de los mercados de navidad siempre consigue más vigilantes y más patrullas municipales. El control se integra de maravilla con el paisaje de la mercancía al mostrar su rostro autoritario a quien quiera verlo. La época es de mezclas, mezcla de musicuchas, de porras telescópicas y de algodón de azúcar. Lo que eso supone de vigilancia policiaca: ¡puro encantamiento!

Ese gusto de lo autentico-entre-comillas y del control que va con ello, acompaña a la pequeña burguesía en su colonización de los barrios populares. Echada fuera de los hipercentros, viene a buscar aquí una «vida de barrio» que jamás encontraría en las casas de Phénix[5]. Lo hace expulsando a los pobres, a los carros y a los inmigrantes, haciendo lugar en limpio, extirpando los microbios, pulveriza eso mismo que ella vino a buscar. En un afiche municipal, un agente de limpieza tiende la mano a un guardia urbano, su slogan: «Montauban[6], ciudad limpia».

La misma decencia que obliga a los urbanistas a hablar de «lo urbano», en lugar de «la ciudad» que ellos destruyeron, debería también incitarlos a dejar de hablar del «campo», puesto que este ya no existe. En lugar de este, solo hay un paisaje que se exhibe a las masas estresadas y desarraigadas; un tiempo pasado que bien podría ponerse en escena ahora que los paisanos fueron reducidos a tan poco. Es un marketing que se despliega sobre «un territorio» donde todo tiene que ser valorizado o constituido en forma de patrimonio. Se trata, todavía, del mismo vacío frio que se propaga hasta el más recóndito de los campanarios.

La metrópoli es esa muerte simultánea de la ciudad y del campo en la encrucijada donde convergen todas las clases medias, en ese ambiente de la clase del medio que, de éxodo rural en «peri-urbanización[7]», se estira indefinidamente. El cinismo de la arquitectura contemporánea sienta bien a la vitrificación del territorio mundial. Un liceo, un hospital, una mediateca son, en efecto, variables del mismo tema: transparencia, neutralidad, uniformidad. Son edificios masivos y fluidos, concebidos sin la necesidad de saber a qué darán abrigo, y que lo mismo podrían estar aquí que en cualquier otro lado. ¿Qué hacer con las torres de oficinas de la Défense, de la Part-Dieu o de Euralille[8]? La expresión «flamante» encierra en sí todo su destino. Un viajero escocés, luego que los insurrectos quemaron el Hôtel de Ville de Paris en mayo de 1871, atestigua el singular esplendor del poder en llamas: «[…] jamás había imaginado algo tan bello, es magnífico. Son bribones terribles esa gente de la Comuna, en eso estoy de acuerdo; pero ¡qué artistas! ¡Y no han tenido consciencia de su obra! […] Yo vi las ruinas de Amalfi bañadas por las aguas azules del mediterráneo, las ruinas de los templos de Tung-hoor en el Pendjab; Yo vi roma y otras cosas: nada puede compararse a lo que he tenido esta noche ante los ojos».

Todavía quedan, encerrados en el tejido metropolitano, algunos fragmentos de ciudad y algunos residuos de campo. Pero lo vivaz, eso, ha llevado sus zonas residenciales a los lugares de exilio[9]. La paradoja busca que los entornos aparentemente más inhabitables sean los únicos que, de alguna manera, puedan ser aún habitados. Una vieja barraca ocupada tendrá siempre una apariencia más poblada que esos apartamentos de standing donde no se pueden colocar los muebles y perfeccionar la decoración más que en espera de la próxima mudanza. Los barrios de chabolas son en muchas megalópolis los últimos lugares vivos, los más habitables y, sin sorpresa, también los lugares más mortales. Son la electricidad oculta de la metrópoli mundial. Las ciudades dormitorio de las afueras del Norte de París —abandonadas por una pequeña burguesía que partió a la caza de los pabellones[10] y devueltas a la vida por el desempleo en masa— en lo sucesivo resplandecen mucho más intensamente que el Quartier Latin[11]. Tanto por la expresión como por el fuego.

El incendio de noviembre de 2005 no nace de la extrema desposesión —como se ha criticado tanto—, sino, al contrario, de la plena posesión de un territorio. Podemos quemar carros porque estamos enmierdados; pero para propagar el motín durante un mes y mantener a la policía constantemente en jaque, es necesario saberse organizar, es necesario disponer de cómplices, conocer el terreno a la perfección, compartir un lenguaje y un enemigo común. Los kilómetros y los días no impidieron la propagación del fuego. Allí, donde menos se esperaba, a las primeras hogueras respondieron otras. El rumor no se pone bajo escucha.

La metrópoli es el terreno de un incesante conflicto de baja intensidad en el que la toma de Basora, de Mogadiscio o de Nablus son puntos culminantes. La ciudad, para los militares, fue durante mucho tiempo un entorno que había que evitar, incluso asediar; la metrópoli, en cambio, es completamente compatible con la guerra. El conflicto armado es solo un instante de su constante reconfiguración. Dentro de los agujeros negros de la metrópoli, las batallas libradas por las grandes potencias parecen un trabajo policiaco siempre por rehacer; «sea en Burkina Faso, en el sur del Bronx, en Kamagasaki, en Chiapas o en la Courneuve». Las «intervenciones» no apuntan tanto a la victoria —ni siquiera a restablecer el orden y la paz— como a la consecución de una empresa tranquilizadora siempre lista para trabajar. La guerra ya no es alienable en el tiempo, pero se difracta en una serie de micro-operaciones militares y policiales para asegurar la seguridad.

La policía y la armada se adaptan en paralelo y paso a paso. Un criminólogo pide a la CRS[12] que se organice en pequeñas unidades móviles y profesionales. La institución militar, cuna de los métodos disciplinarios, pone en tela de juicio su organización jerárquica. Un oficial de la OTAN aplica un «método participativo para su batallón de granaderos que implica a cada uno de estos en el análisis, la preparación, la ejecución y la evaluación de una acción. El plan es discutido una y otra vez durante días a lo largo del entrenamiento y de acuerdo a las últimas informaciones recibidas […] No hay nada mejor que la motivación, en tanto que plan elaborado en conjunto, para aumentar la adhesión».

Las fuerzas armadas no se adaptan solamente a la metrópoli, le dan forma. Así, los soldados israelíes se hacen arquitectos de interiores una vez finalizada la batalla de Nablus. Obligados por la guerrilla palestina a abandonar las muy peligrosas calles, aprenden a avanzar verticalmente y horizontalmente en el seno de las construcciones urbanas, echando abajo muros y techos para poder moverse. Un oficial de las fuerzas de defensa israelitas, diplomado en filosofía, explica: «El enemigo interpreta el espacio de una manera clásica, tradicional; me niego a seguir esa interpretación y caer en sus trampas. […] ¡Quiero sorprenderlo! He aquí la esencia de la guerra. Yo debo ganar […] Así pues, escogí una metodología que me hace atravesar los muros… Como un gusano que avanza comiendo todo lo que encuentra en su camino». Lo urbano es más que el teatro del enfrentamiento, es el medio. Esto, no sin recordar los consejos que Blanqui proponía a los futuros insurrectos de París que ahora estaban a favor de la insurrección: para proteger sus posiciones, sitiar las casas de las calles donde se levantaron barricadas; para comunicarlas entre sí, perforar los muros; para defenderse de posibles ataques, derribar las escaleras de la planta baja y horadar los techos; para levantar barricadas, arrancar las puertas y hacer de cada piso un puesto de comando.

La metrópoli no es solamente ese montón urbanizado, esa colisión final entre la ciudad y el campo; es también un flujo de seres y de cosas. Es una corriente que pasa por toda una red de fibras ópticas, de líneas de TGV[13], de satélites, de cámaras de vigilancia con el único fin de que este mundo no se detenga jamás de correr hacia su ruina. Una corriente que mueve a cada ser y que desearía arrastrar todo hacia su motricidad sin esperanzas. Donde cada cosa es asaltada por informaciones y por fuerzas hostiles. Donde no queda otra cosa sino correr. Donde incluso es difícil esperar por la enésima vía del metro.

Por la tentación de estar siempre en otra parte, la multiplicación de los medios de desplazamiento y de comunicación nos arranca sin cesar del aquí y del ahora. Basta tomar un TGV, un RER[14], un teléfono para estar de inmediato allá. Esa movilidad no implica desprendimiento, aislamiento, exilio. Seria para cualquiera insoportable si no fuese siempre una movilidad del espacio privado, de un interior portátil. La burbuja privada no estalla, se pone a flotar. No es el fin del estilo de vida hogareño, solo su puesta en movimiento. De un garaje, de un centro comercial, de un banco de negocios, de un hotel al otro, por todas partes se encuentra esta extrañeza —tan banal, tan conocida— que toma el lugar de última familiaridad. La frondosidad de la metrópoli es esa mezcla aleatoria de ambientes definidos susceptibles a recombinarse indefinidamente. Los centros urbanos se ofrecen no como lugares idénticos, sino como propuestas originales de entornos —escogiendo uno, haciendo a un lado el otro, evolucionamos a merced de una especie de shopping existencial entre los estilos de bares, de gente, de diseños o entre las listas de reproducción de un Ipod—. «Con mi reproductor mp3, soy dueño del mundo». Para sobrevivir en la uniformidad circundante, la única opción es reconstruir el propio mundo interior de manera continua, como lo haría un niño que reconstruyera por todas partes la misma cabaña. Justo como lo hizo Robinson Crusoe sobre la isla desierta —cuando reconstruyó su universo de tendero—, excepto que nuestra isla desierta es la civilización misma y nosotros somos millones los que desembarcamos sin cesar.

Precisamente por ser esta arquitectura de flujo es que la metrópoli también es una de las formaciones humanas más vulnerables que jamás haya existido. Flexible, sutil, pero vulnerable. Un cierre brutal de las fronteras por causa de una epidemia furiosa, una carencia cualquiera de cierto abastecimiento vital, un bloqueo organizado de los ejes de comunicación. Así, toda esa decoración es la que se hunde, la que no consigue esconder las escenas de matanza que en todo momento la acosan. Ese mundo no iría tan rápido si no se encontrase constantemente y tan de cerca perseguido por su propio hundimiento.

Su estructura en forma de red —toda su infraestructura tecnológica de nudos y de conexiones, toda su arquitectura descentralizada— desearía poner a la metrópoli al abrigo de sus inevitables disfuncionalidades. Internet debe resistir a un ataque nuclear. El control permanente de los flujos de información, de hombres y de mercancías debe asegurar la movilidad metropolitana, la trazabilidad; asegurar que jamás falte una paleta en el stock de mercancías, que jamás se encuentre un billete robado en el comercio o un terrorista en el avión. Todo gracias a un chip de RFID[15], un pasaporte biométrico, un archivo de ADN.

Pero la metrópoli produce también los medios de su propia destrucción. Un experto en seguridad norteamericana explica la derrota en Irak por causa de la capacidad guerrillera para sacar provecho de los nuevos modos de comunicación. Con su invasión, los Estados Unidos no implementaron tanto la democracia como las redes cibernéticas. Llevaron con sigo una de las armas de su derrota. La multiplicación de los teléfonos portátiles, y de los puntos de acceso a la Internet, proveyó a la guerrilla medios inéditos para organizarse y para hacerse muy difícil de atacar.

Cada red tiene sus puntos débiles, sus nudos; es necesario deshacerlos para que la circulación se detenga, para que la tela se desgarre. La última gran falla eléctrica europea lo mostró: solo fue necesario un incidente sobre una línea de alta tensión para sumergir a buena parte del continente en la oscuridad. El primer gesto para que cada cosa pueda levantarse en medio de la metrópoli, para que otras se hagan posibles, es detener su perpetuum mobile. Eso fue lo que comprendieron los rebeldes tailandeses cuando hicieron saltar las repetidoras eléctricas. Eso fue lo que comprendieron los anti-CPE[16] cuando bloquearon las universidades para luego intentar bloquear la economía. Es lo que comprendieron también los cargueros americanos —en huelga en octubre de 2002 por el cuidado de trescientos empleos— cuando bloquearon los principales puertos de la costa Oeste durante diez días. La economía americana es tan dependiente de los justo-a-tiempo[17] provenientes de Asia que el costo del bloqueo ascendía a mil millones de euros por día. Al llegar a diez mil, se puede hacer tambalear a la potencia económica más grande. Para algunos «expertos», si el movimiento se fuese prolongado durante un mes más, habríamos presenciado «un retorno a la recesión de los Estados Unidos; hubiera sido también una pesadilla económica para Asia del sudeste».


[1] Ciudad del norte de Francia.

[2] Ciudad portuaria al noroeste de Francia.

[3] Callejones estrechos que forman el casco antiguo de la ciudad de Pekín.

[4] Ciudad y comuna francesa situada en el departamento de Aube en la región de Champaña-Ardenas.

[5] Constructora francesa de casas.

[6] Ciudad, al suroeste de Francia, capital y prefectura del departamento de Tarn-et-Garonne en la región de Midi-Pyrénées.

[7] Proceso de extensión espacial de la ciudad que se inscribe dentro de los procesos de metropolización. Permite, por ejemplo, la implantación de empresas y el aumento de actividades propias de los habitantes de la ciudad.

[8] Se trata de zonas de negocios francesas donde descuellan grandes edificios.

[9] Ver nota 10.

[10] Casa de uso particular, de dimensiones pequeñas o medianas, contigua a un terreno y, generalmente, situada en la periferia de las grandes ciudades.

[11] Ubicado en París, esta zona se extiende por los distritos V y VI, en la orilla izquierda del Sena.

[12] Ver nota 11.

[13] En Francia, siglas de “Train à Grande Vitesse” (tren de alta velocidad).

[14] En Francia, “Réseau Express Regional” (red regional de expresos): servicio de trenes que comunica el centro de París con sus suburbios y aeropuertos.

[15] En ingles, “Radio Frequency IDentification”: identificación por radiofrecuencia.

[16] En Francia, “Contrat Première Embauche”: Ley de Contrato del Primer Empleo.

[17] Ver nota 22.

Quinto círculo

«¡Menos bienes, más lazos!»

Treinta años de desempleo en masa, de «crisis», de crecimiento a medias, y todavía quisieran hacernos creer en la economía. Treinta años acentuados, es cierto, por algunos entreactos de ilusión: el entreacto 1981-83, con la ilusión de un gobierno de izquierda que contribuiría al bienestar de un pueblo; el entreacto de los años de bonanza[1] (1986-89), donde nos haríamos todos ricos, hombres de negocios y corredores de bolsa; el entreacto de internet (1998-2001), donde todos conseguiríamos un empleo virtual a fuerza de permanecer modernos, donde no una Francia multicolor, sino una multicultural y culta ganaría todas las copas del mundo. Sin embargo, aquí estamos, hemos agotado todas nuestras reservas de ilusión, hemos tocado fondo, nos hemos quedado sin agua, o sino sin techo.

A la fuerza se comprendió lo siguiente: no es la economía quien está en crisis, la economía misma es la crisis; no es el trabajo lo que falta, es el propio trabajo lo que está demás; considerándolo bien, no es la crisis, sino el crecimiento lo que nos deprime. Hay que confesarlo: la letanía de las cotizaciones de bolsa nos afecta lo mismo que una misa en latín. Afortunadamente para nosotros, somos bastantes los que hemos llegado a esa conclusión. Y no hablamos de todos aquellos que viven de mil y una estafas, de tráficos de toda clase o que dependen desde hace diez años del RMI[2]. De todos aquellos que ya no logran identificarse con su trabajo y se reservan para sus distracciones. De todos los relegados, todos los que se encuentran a salvo, todos aquellos que forman el mínimo pero son un máximo. De todos aquellos a quienes golpea ese extraño desapego en masa que incluso viene a acentuar el ejemplo de las jubilaciones y la sobreexplotación cínica de la mano de obra flexibilizada. No hablamos de ninguno de ellos que de una manera u otra deben llegar a una conclusión similar.

De lo que sí hablamos es de todos esos países, de los continentes enteros que han perdido la fe económica por haber visto pasar con estruendo los Boeing del FMI; por haber probado un poco del Banco Mundial. Nada, entonces, de esa crisis de las vocaciones que soporta indolentemente la economía en occidente. De lo que se trata en Guinea, en Rusia, en Argentina, en Bolivia, es de un descredito violento y perdurable por parte de esa religión y de su clero. En el Banco mundial se bromea así: «¿Qué significa un millar de economistas del FMI yaciendo en el fondo del mar? —Un buen comienzo». Chiste ruso: «dos economistas se encuentran y uno pregunta al otro: “¿Comprendes lo que pasa?” —El otro responde: “¡Espera!, yo te voy a explicar”. —“¡No, no! —retoma el primero— explicar no es difícil, yo también soy economista. No, lo que te pregunto es: ¿acaso comprendes?”». El clero mismo finge entrar en desinencia y criticar el dogma. De ahora en adelante, la última corriente algo viva de la pretendida «ciencia económica» —corriente que sin humor se llama «economía no autística»— ejerce su oficio demostrando las usurpaciones, los juegos de mano, los índices adulterados de una ciencia cuyo único rol tangible es el de agitar la custodia en torno a las elucubraciones dominantes, de envestir sus llamados a la sumisión con un poco de ceremonia y, finalmente —como lo han hecho siempre las religiones—, de proveer explicaciones. Y esto es así porque el malestar general solo cesa de ser soportable cuando se deja ver por lo que realmente es: algo sin causa ni razón.

Ya en ninguna parte el dinero es respetado, ni por quienes lo tienen, ni por quienes tienen necesidad de él. Cuando se pregunta a los jóvenes alemanes lo que quieren ser más adelante en sus vidas, un veinte por ciento de ellos responde: «artista». El trabajo ya no se tolera como algo dado de la condición humana. La compatibilidad de las empresas deja ver que ya no se sabe dónde nace el valor. Desde hace ya un decenio, la mala reputación del mercado hubiera acabado con él, y lo hubiera hecho sin la rabia y sin los vastos medios de sus fábulas. Para la gran mayoría, el progreso se ha convertido por todas partes en un sinónimo de desastre. Todo se escapa en el mundo de la economía, como se escapaba todo en la URSS durante la época de Andrópov[3]. Quien se haya volcado un poco en los últimos años de la URSS puede escuchar en cada llamado al voluntarismo de nuestros dirigentes, en cada impulso sobre un avenir del que se perdió rastro, en cada profesión de fe sobre «la reforma» de todo y de no importa qué los primeros crujidos en la estructura del Muro. El hundimiento del bloque socialista no habría consagrado el triunfo del capitalismo, sino solo atestiguado el fracaso de una de sus formas. Además, la estocada final a la URSS no ha sido el hecho de un pueblo en rebeldía, sino de una nomenklatura[4] en reconversión. Al proclamar el fin del socialismo, una fracción de la clase dirigente se liberó en primer lugar de todos los deberes anacrónicos que la vinculaban al pueblo. Tomo el control privado de lo que ya controlaba, pero ahora en nombre de todos. En las fábricas, se decía: «Puesto que simulan pagarnos, simulemos trabajar». La oligarquía respondió: «¡eso no tiene importancia, dejemos de simular!». Para unos, materias primas, infraestructuras industriales, complejos industriales-militares, bancos, discotecas; para otros, miseria o emigración. De la misma forma en que ya no se creía en la URSS de Andrópov; hoy en Francia ya no se cree en las salas de reunión, en los estudios, en las oficinas. «¡Eso no tiene importancia!», responden patrones y gobernantes que ni siquiera se toman la molestia de suavizar «las duras leyes de la economía», que mudan una fábrica en la noche y muy temprano en la mañana anuncian al personal su cierre, que para hacer terminar una huelga no vacilan en enviar el GIGN[5] —como hicieron con la huelga de SNCM [6] o con la ocupación de un centro de clasificación de correos en Rennes, el año pasado—. Toda la actividad mortal del poder actual consiste, por un lado, en manejar esa ruina y, por el otro, en asentar las bases de una «nueva economía».

Sin embargo, nos habíamos adaptado bien a la economía. Desde hace generaciones se nos disciplinaba, se nos amansaba, se nos convertía en sujetos naturalmente productivos, contentos de consumir. Y, sin esperarlo, sale a la luz todo lo que nos habíamos esforzado en olvidar: que la economía es una política, que —en el seno mismo de una humanidad que se hizo superflua en su propia masa— tal política es una política de selección. De Colbert a De Gaulle, pasando por Napoleón III[7], el estado siempre ha concebido la economía como política, y no lo ha hecho en menor medida que la burguesía, que le saca provecho, o que los proletarios que la afrontan. Existe casi únicamente ese extraño estrato mediador de la población, ese curioso conglomerado sin fuerza de quienes no toman partido —la pequeña burguesía—, que siempre ha pretendido creer en la realidad de la economía porque, sencillamente, solo así podía preservar su neutralidad. Pequeños comerciantes, pequeños patrones, pequeños funcionarios, ejecutivos, profesores, periodistas, intermediarios de toda clase forman en Francia esa no-clase, esa gelatina social que se compone de la masa de quienes quisieran simplemente pasarse toda su vida —insignificante y privada— lejos de la historia y de sus tumultos. Por pura predisposición, ese pantano es el campeón de la falsa consciencia: en su somnolencia, está dispuesto a todo para mantener los ojos cerrados frente a los estragos que la guerra causa alrededor. Así, en Francia, cada esclarecimiento del frente está marcado por la invención de un nuevo antojo. Durante los diez últimos años fueron la ATTAC[8] y su inverosímil impuesto Tobin[9] —cuya instauración habría reclamado nada menos que la puesta en marcha de un gobierno mundial—, la apología de la «economía real» contra los mercados financieros y la muy conmovedora nostalgia del Estado. La comedia duró lo que duró y terminó siendo una pura payasada. Un antojo que remplaza al otro, este es el decrecimiento. Si la ATTAC, con sus cursos de educación popular, trató de salvar a la economía como ciencia; el decrecimiento pretende salvarla como moral. Existe una sola alternativa para este apocalipsis en marcha: decrecer. Consumir y producir menos. Hacerse felizmente frugales. Comer sano, andar en bicicleta, dejar de fumar y vigilar severamente los productos que se compran. Contentarse con lo estricto y necesario. Simplicidad voluntaria. «Redescubrir la verdadera riqueza en la plenitud de relaciones sociales que están distendidas en un mundo sano». «No sacar nada de nuestro capital natural». Dirigirse hacia una «economía sana». «Evitar la regulación del caos». «No generar crisis social poniendo en tela de juicio la democracia y el humanismos». Resumiendo: hacerse ahorrador. Regresar a la economía de antaño, a la edad de oro de la pequeña burguesía: la década de 1951-1960. «Cuando el individuo se hace un ahorrador concienzudo, entonces su propiedad se integra perfectamente con su oficio —un oficio que le permite gozar de su propia vida bajo el abrigo de la existencia pública o dentro del cercado de su vida privada—.»

Entre amigos, un grafista lleva puesto su jersey artesanal y bebe un coctel de frutas en la terraza de un café étnico. Allí, se es diserto, cordial; se bromea moderadamente; no se hace demasiado ruido ni demasiado silencio; se mira sonriendo, se está algo atontado por la felicidad: se es muy civilizado. Más tarde, unos irán a labrar las tierras de un jardín de barrio, mientras que los otros partirán a hacer cerámica, budismo zen o una animación. Se comulga con el justo sentimiento de crear una nueva humanidad, la más prudente, la más refinada, la última. Y tienen razón. Apple y el decrecimiento se ponen de acuerdo curiosamente sobre la civilización del futuro. La idea del regreso a la economía de antaño, por parte de unos, es la muy oportuna niebla detrás de la cual avanza la idea de gran progreso tecnológico, por parte de los otros. Pero en la Historia los regresos no existen. La exhortación a regresar al pasado nunca expresa más que una de las formas de consciencia de su tiempo, y muy pocas veces la menos moderna. El decrecimiento no es por azar el estandarte de los publicistas disidentes de la revista Casseurs de pub[10]. En 1972, los creadores del crecimiento cero[11], el club de Roma[12], eran en esencia un grupo de industriales y de funcionarios que se apoyaron sobre un informe de los especialistas en cibernética del MIT[13].

Esta convergencia no es fortuita. Se inscribe en el camino tortuoso que quiere encontrar un sucesor de la economía. El capitalismo desintegró todos los lazos sociales que subsistían —lo hizo por su propio beneficio—; ahora, con sus propios criterios, se lanza hacia su reconstrucción renovadora. La sociabilidad metropolitana actual es la incubadora de todo esto. De la misma manera en que ha asolado los entornos naturales, se lanza tras la descabellada idea de reconstituirlos como se ha hecho con tantos otros entornos controlados: dotándolos de los sensores adecuados. Correspondería a esta nueva humanidad, una nueva economía que ya no desearía tanto ser una esfera separada de la existencia como su tejido; que desearía ser la materia misma de las relaciones humanas. Así, correspondería también una nueva definición del trabajo como trabajo de sí y del capital como capital humano; una nueva idea de la producción como producción de bienes relacionales y del consumo como consumo de situaciones; pero sobre todo correspondería una nueva idea del valor, una que abarcaría todas las cualidades de los seres. Esta «bioeconomía» en gestación concibe el planeta como un sistema cerrado que debe ser administrado, uno que pretende además sentar las bases de una ciencia que integraría todos los parámetros de la vida. Una ciencia tal podría un día hacernos añorar los buenos tiempos de los índices falsos, aquellos índices donde se pretendía medir el bienestar del pueblo con el crecimiento del PIB: al menos en ese entonces nadie se lo creía.

Es una consigna del decrecimiento «revalorizar los aspectos no económicos de la vida», simultáneamente, también lo es el programa de reforma del Capital. Villas ecológicas, cámaras de vigilancia, espiritualidad, biotecnología y convivencia: todas pertenecen al mismo «paradigma de civilización» que se está formando, el de la economía total engendrada desde la base. Su matriz intelectual no puede ser otra que la cibernética, la ciencia de los sistemas, es decir, de su control. En el transcurso del siglo XVII —para imponer definitivamente la economía, su ética del trabajo y de la avaricia— fue necesario internar y eliminar toda una fauna de ociosos, de mendigos, de hechiceras, de locos, de hedonistas y de otros pobres sin confesión: toda una humanidad que con su sola existencia desmentía el orden del interés y de la represión. La nueva economía no se impondrá sin una selección similar de sujetos y de zonas aptas a la mutilación. El caos tan anunciado será la ocasión de esta selección. O, quizás, nuestra victoria sobre tan detestable proyecto.


[1] En francés “fric”: pasta.

[2] Ver nota 18.

[3] Político soviético, máximo dirigente de la Unión Soviética entre 1982 y 1984. Director del KGB entre 1967 y 1982.

[4] Nomenclatura de los puestos de dirección de los órganos del partido y del Estado establecida por el comité central del P.C.U.S. En su libro Nomenklatura, Mikhaïl Voslenski designa con este término a la clase privilegiada de la URSS.

[5] En Francia, “Groupe d’intervention de la gendarmerie nationale”: cuerpo de élite de la gendarmería francesa

[6] En Francia, la “Société Nationale Maritime Corse Méditerranée” o SNCM es una compañía de navegación privatizada en el año 2005.

[7] Jean-Baptiste Colbert (1619-1683), contralor general de las finanzas de Francia desde 1665 a 1683; Charles de Gaulle (1890-1970) primer presidente de la V República francesa desde 1959 a 1969, Charles Louis Napoléon Bonaparte (1808-1.873), primer presidente de la República francesa y último emperador de Francia.

[8] En Francia, “Association pour la taxation des transactions pour l’aide aux citoyens”: asociación por la tasación de las transacciones y por la ayuda a los ciudadanos

[9] Impuesto hipotético sobre el flujo de capitales sugerido por el premio nobel de economía James Tobin.

[10] Asociación sin fines de lucro que publica una revista anual.

[11] El crecimiento cero es una teoría que afirma que todas las actividades económicas deberían tender a un estado de equilibrio o estable.

[12] El Club de Roma es una organización que busca la promoción de un crecimiento económico estable y sostenible de la humanidad.

[13] “Massachusetts Institute of Technology”.

Sexto círculo

«El medio ambiente es un desafío industrial»

La ecología, es el descubrimiento del año. Hace treinta años, eso se lo dejábamos a los Verdes, nos reíamos del medio ambiente los domingos para poder fingir nuestro interés el lunes. Y bien, ¡ahora este nos atrapa!: en diciembre hay una temperatura de veinte grados centígrados, se absorbe el calor como un tuvo en verano.

Una cuarta parte de las especies de peces ha desaparecido de los océanos. Al resto ya no le queda mucho tiempo.

Alerta de gripe aviar: se promete derribar a las aves migratorias en el aire, por centenas de millares.

La tasa de mercurio en la leche materna es diez veces superior a la tasa autorizada en la de las vacas. Mis labios se hinchan incluso cuando mordisqueo una manzana que proviene del mercado. Los gestos más simples se han hecho tóxicos. Se muere a los treinta y cinco años «de una enfermedad crónica», una enfermedad que se maneja como todo lo demás. Hubiera, pues, sido necesario sacar todas las conclusiones antes de que la enfermedad misma nos llevase allá, al pabellón B del centro de cuidados paliativos.

Pero hay que confesarlo: toda esta «catástrofe» de la que se nos protege con tanto estrepito, no nos afecta. Al menos, no antes de que nos golpee con una de sus previsibles consecuencias. Quizás, nos concierne, pero no nos toca. Es allí que reside precisamente la catástrofe. No existe una «catástrofe ambiental». Existe esa catástrofe que es el ambiente. El ambiente es lo que queda al hombre cuando este ha perdido todo. Quienes viven en un barrio, una calle, un pequeño valle, una guerra, una oficina, no tienen «medio ambiente»; evolucionan en un mundo poblado de presencias, de peligros, de amigos, de enemigos, de puntos a favor y puntos en contra, en un mundo poblado por toda clase de seres. Este mundo tiene su consistencia. Esta varía con la intensidad y la calidad de los lazos que nos unen a todos esos seres y a todos esos lugares. Solo existimos nosotros, niños de la desposesión final, exiliados de última hora que venimos al mundo en cubos de hormigón, recogemos frutas en el supermercado y buscamos el eco del mundo en la televisión para tener un medio ambiente. Solo bastamos nosotros para asistir a nuestra propia aniquilación como si esta no se tratase más que de un simple cambio de decoración, es decir, para indignarnos con los últimos avances del desastre y elaborar pacientemente una enciclopedia con ellos.

Lo que ha cuajado como medio ambiente es una relación al mundo fundamentada sobre la gestión, sobre la extrañeza. Una relación al mundo en la que además no estamos constituidos por el ruido de los arboles, de los olores a fritura en el edificio, del sonido del agua, del bullicio de los salones de la escuela o de la humedad de las noches de verano. Una relación al mundo en la que solo existimos mi medio ambiente —que me rodea sin jamás constituirme— y yo. Nos convertimos en vecinos dentro de una unión de copropiedad planetaria. Apenas se puede imaginar infierno más completo.

Quizás, aparte actualmente la metrópoli, ningún medio material jamás ha merecido el nombre de «medio ambiente». La voz digitalizada de los anuncios del metro, el tranvía silencioso tan del siglo XXI, la luz azulada de la farola en forma de cerilla gigante, las zonas peatonales disfrazadas de modelos fracasados, la rotación silenciosa de una cámara de vigilancia, el tintineo lúcido en los límites del metro, las cajas del supermercado, las maquinas de acceso a las oficinas, el ambiente electrónico de cibercafé, el desenfreno de las pantallas de plasma, de las vías rápidas y del látex: jamás ninguna decoración prescindió tan bien de las almas que la atraviesan, jamás ningún medio fue más automático, jamás contexto alguno fue más indiferente y exigió en compensación una indiferencia similar para poder sobrevivir. El medio ambiente no es más que eso: la relación con el mundo propio en una metrópoli que se proyecta sobre todo lo que de ella se escapa.

La situación es la siguiente. Se dio trabajo a nuestros padres para destruir este mundo; ahora quisieran hacernos trabajar en pro de su reconstrucción y, para colmo de males, de manera rentable. A partir de ahora, cada vez que aparece una prueba nueva del calentamiento global, la emoción mórbida que anima a los periodistas y publicistas devela la sonrisa de acero del nuevo capitalismo verde, el mismo que ya se anunciaba en la década de 1971-1980, ese que se esperaba a la vuelta de la esquina y no llegaba. Y bien, ¡hela aquí! La ecología ¡Es ella! Las soluciones alternativas, ¡son ella misma! La salvación del planeta, ¡es todavía ella! Sin lugar a dudas: la temperatura del aire es verde[1]; el medio ambiente será el pivote de la economía política del siglo XXI. En adelante, a cada alza del catastrofismo corresponde una ráfaga de «soluciones industriales».

El inventor de la bomba H, Edward Teller, sugiere pulverizar millones de toneladas de polvo metálico en la estratosfera para detener el calentamiento global. La Nasa, frustrada por haber tenido que colocar su gran idea —la del escudo antimisiles— en el museo de las fantasmagorías de la guerra fría, promete ubicar más allá de la órbita lunar un espejo gigante para protegernos de los ahora funestos rayos del sol. Otra visión del futuro: una humanidad motorizada que rueda con bioetanol, desde Sao Paulo a Estocolmo; un sueño de productor de cereales que, después de todo, solo implica la conversión de todas las tierras arables del planeta en campos de soya y de remolacha azucarera. A lo largo de las páginas glaseadas de las revistas de opinión, los carros ecológicos, las energías limpias y las consultorías medio ambientales coexisten sin problemas con la publicidad más reciente de Chanel.

Es que el medio ambiente, se dice, tiene el merito incomparable de ser el primer problema global que se plantea la humanidad. Un problema global, es decir, un problema del que solo quienes están organizados globalmente pueden tener la solución. Y se sabe quiénes son estos. Son los grupos que desde hace casi un siglo se encuentran en la vanguardia del desastre y que —por el precio mínimo de un cambio de logo— cuentan claramente con seguir haciéndolo. Que la EDF[2] haya tenido el descaro de volvernos a ofrecer su programa nuclear, como solución nueva a la crisis energética mundial, dice con qué frecuencia las soluciones nuevas se parecen a los viejos problemas.

De las secretarías del Estado a las trasalcobas de los cafés alternativos, las preocupaciones se expresan a partir de ahora con las mismas palabras que, por lo demás, son las de siempre. Se trata, pues, de movilizarse. No por la reconstrucción, como durante la posguerra; no por los etíopes, como en la década de 1981-1990; no por el empleo, como en la década de 1991-2000. No, esta vez, es por el ambiente. Él sabe decir gracias a todos. Al Gore, el decrecimiento y la ecología en la Hulot[3] se ponen del lado de las grandes y eternas almas de la República para representar su papel: reanimar al pequeño pueblo de izquierda y al muy conocido idealismo de la juventud. Con la austeridad voluntaria como estandarte, trabajan benévolamente para que tomemos consciencia del «estado de urgencia ecológica que viene». La masa redonda y pegajosa de su culpabilidad cae sobre nuestras espaldas cansadas, y desearía empujarnos a cultivar nuestro jardín, a clasificar nuestros desechos, a preparar abonos biológicos con las sobras de ese festín macabro en el que —y por el que— hemos sido tratados como niños.

Administrar la salida de productos nucleares, los excedentes de CO2 en la atmosfera, el deshielo de los glaciares, los huracanes, las epidemias, la sobrepoblación mundial, la erosión de los suelos, la desaparición masiva de las especies vivas… ¡he aquí cuál será nuestra carga! Se dice que «a cada quien corresponde cambiar sus costumbres» si se quiere salvar nuestro buen modelo de civilización. Hay que consumir poco para poder seguir consumiendo. Producir biológico para poder seguir produciendo. Es necesario auto-imponerse obligaciones para poder seguir imponiéndolas. He aquí cómo la lógica de un mundo intenta sobrevivir dándose aires de ruptura histórica. He aquí cómo quisieran persuadirnos para participar en los grandes desafíos industriales de este siglo en curso. Y atontados como estamos, saltaríamos en los brazos mismos de quienes iniciaron el saqueo para que nos saquen de allí.

La ecología no es solamente la lógica de la economía total, es también la nueva moral del capital. El estado de crisis interno del sistema y el rigor de la selección en curso son de tal magnitud que se necesita un criterio nuevo en nombre del cual se puedan operar clasificaciones semejantes. De época en época, la idea de virtud siempre ha sido solo una invención del vicio. Sin la ecología no se podría, actualmente, justificar la existencia de dos redes de alimentación diferentes: una «sana y biológica» para los ricos y sus pequeños; la otra, notoriamente toxica, para la plebe y sus retoños destinados a la obesidad. Si sus últimos caprichos no fuesen escrupulosamente «respetuosos con el medio ambiente», la hiper-burguesía planetaria no sabría cómo hacer pasar por respetable su tren de vida. Sin la ecología, nada tendría aún suficiente autoridad para hacer callar todas las objeciones a los progresos exorbitantes del control.

Trazabilidad, transparencia, certificación, impuestos ecológicos, excelencia ambiental, policía del agua, todos dejan ver el estado de excepción ecológico que se avecina. Todo está permitido para un poder que recibe autorización de la Naturaleza, de la salud y del bienestar.

«Una vez que la nueva cultura económica y conductista haya pasado a las costumbres, las medidas coercitivas caerán ellas mismas, de eso no hay duda». Se exige de nosotros tener suficiente «dolor de planeta» para movilizarnos. Al mismo tiempo, se quiere que permanezcamos suficientemente anestesiados para asistir a todo eso con discreción y civismo: ¿no hace falta todo el aplomo ridículo de un aventurero de plató de televisión para mantener una perspectiva tan helada mientras se nos pide tal cosa? El nuevo ascetismo biológico es el control de sí requerido por todos para negociar la operación de rescate contra la que el sistema mismo se ha arrinconado. Es en nombre de la ecología que a partir de ahora habrá que ceñirse la cintura, como se hizo ayer en nombre de la economía. Desde luego, las avenidas podrían transformarse en pistas de bicicletas; un día, podríamos incluso ser recompensados con una renta básica universal; pero para ello tendríamos que pagar el precio de una existencia completamente terapéutica. Así, quienes pretenden que el autocontrol generalizado nos ahorrará el tener que soportar una dictadura ambiental, mienten: uno hará la cama del otro, y tendremos los dos.

Mientras exista el Hombre y el Medio ambiente, existirá la policía entre ellos.

Hay que destruir todo en los discursos ecologistas. Allí, donde ellos hablan de «catástrofes» para designar los deslices del régimen actual de gestión de los seres y de las cosas, nosotros no vemos más que la catástrofe de su tan perfecto funcionamiento. La ola más grande de hambruna en la zona tropical conocida hasta entonces(1876-1879) coincide con la sequía mundial, pero sobre todo con el apogeo de la colonización. La destrucción del mundo campesino y de las prácticas de subsistencia había hecho desaparecer los medios para enfrentar la penuria. Más que la ausencia de agua, fue la economía colonial en plena expansión, fueron sus efectos los que cubrieron toda la franja tropical de millones de cadáveres desnutridos. Lo que por todas partes se presenta como una catástrofe ecológica, jamás ha cesado de ser una manifestación de la relación con un mundo desastroso. No habitar nada nos hace vulnerables al menor bache del sistema, al menor cambio climático. Mientras que al acercarse el último tsunami los turistas continuaban retozando en el oleaje, los caza-recolectores de las islas se daban prisa para huir de las costas siguiendo a los pájaros. La paradoja actual de la ecología es la siguiente: con el pretexto de salvar la tierra, la ecología solo salva las bases de lo que ha dejado a este astro desolado. La regularidad del funcionamiento mundial recubre normalmente nuestro estado de desposesión propiamente catastrófico. Lo que se llama «catástrofe» solo es la suspensión forzada de ese estado; uno de esos pocos momentos en los que recuperamos algo de presencia en este mundo. ¡Que se llegue más rápido de lo previsto al fin de las reservas de petróleo!, ¡que se interrumpan los flujos internacionales que mantienen el tempo de la metrópoli!, ¡que se vaya al encuentro de grandes desordenes sociales!, ¡que advenga el «ensalvajamiento de los pueblos», la «amenaza planetaria», el «fin de la civilización»! No importa qué pérdida de control es preferible a todos los escenarios de gestión de crisis. Desde entonces, los mejores consejos no se buscan del lado de los especialistas en desarrollo sostenido. Se buscan en las disfunciones. Es precisamente en los cortos circuitos del sistema que aparecen los elementos lógicos de respuesta para lo que podría cesar de ser un problema. ¿Por qué actualmente, entre los signatarios del protocolo de Kyoto, los únicos países que cumplen con sus compromisos, muy a pesar de ellos, son Ucrania y Rumania? ¿Por qué en materia de agricultura «biológica», la experimentación más avanzada a escala mundial, desde 1989, tiene lugar en la isla de Cuba? ¿Cómo y por qué la mecánica automotriz se eleva al rango de arte popular en las pistas africanas y no en otra parte? Las respuestas se pueden adivinar.

Lo que hace apetecible a la crisis es que en ella el medio ambiente deja de ser el medio ambiente. Estamos forzados a reanudar un contacto, sea o no fatal, con lo que está allí; a reconocer los ritmos de la realidad. Lo que nos rodea ya no es el paisaje, panorama, teatro, sino más bien lo que nos es dado para vivir, con lo que nos debemos conformar y de lo que podemos aprender. Pero no nos dejaremos robar por quienes han proporcionado los contenidos de la «catástrofe». Allí donde los gestores se preguntan platónicamente cómo echar marcha atrás «sin salirse del candelero», nosotros vemos solo una opción realista: «salir del candelero», salir cuanto antes para ganar fuerzas sacando partido de cada desmoronamiento del sistema.

Nueva Orleans, días después del paso del huracán Katrina. En esta atmosfera apocalíptica, aquí y allá, se organiza una vida, renacen modales olvidados como respuesta a la inacción de los poderes públicos que, en lugar de ayudar a los habitantes pobres de la ciudad, prefieren limpiar las zonas turísticas del «French Quarter[4]», proteger sus tiendas. Allí, a pesar de las tentativas a veces enérgicas de hacer evacuar la zona, a pesar de los partidos de «de caza al negro» abiertos por milicias supremacistas, muchos no quisieron abandonar el terreno. Para estos, que se han negado a ser deportados como «refugiados medioambientales» a los cuatro costados del país, y para aquellos, que han decidido acompañarlos tras el llamado de solidaridad de un antiguo Black Panther, resurge la evidencia de la auto-organización. Se sabe que en el transcurso de algunas semanas se levantó la Common Ground Clinic. Desde los primeros instantes, gracias al flujo incesante de voluntarios, este hospital de campaña provee cuidados gratuitos y siempre más competentes. Desde hace un año la clínica se encuentra en la base de una resistencia cotidiana contra la operación de tábula rasa que llevan a cabo los bulldozer del gobierno, operación que además tiene como fin entregar en bandeja de plata toda esa parte de la ciudad a los promotores. Cocinas populares, abastecimientos, medicina de calle, requisas salvajes, construcción de hábitats de urgencia: todo un saber práctico —acumulado por unos y otros a lo largo de la vida— encontró allí un espacio para desplegarse. Lejos de los uniformes y de las sirenas.

Quien conoció la alegría sustraída de esos barrios de Nueva Orleans antes de la catástrofe, la desconfianza frente al Estado que ya allí reinaba y la practica masiva del desenredo que allí se llevaba a cabo no se habrá asombrado porque todo eso haya sido posible. Por el contrario, quien es presa de la anemia cotidiana, quien se encuentra hecho polvo dentro de nuestros desiertos residenciales podrá dudar que se encuentre allí tal determinación. Restablecer esos gestos sepultados bajo años de vida normalizada es la única vía realizable para no sumergirse junto a ese mundo. ¡Y que venga un tiempo por el que uno se apasione!


[1] Referencia al documental “Le fond de l’air est rouge, (1977)”, de Chris Marker.

[2] En Francia, “Électricité de France”: empresa nacional de electricidad francesa.

[3] En 1995 la fundación “Ushuaïa”, creada en 1990 por el reportero, ecologista y escritor francés Nicolas Hulot, pasó a ser la fundación Nicolas-Hulot para la naturaleza y el hombre.

[4] Es el vecindario más antiguo y más conocido de Nueva Orleans.

Séptimo círculo

«Aquí se construye un espacio civilizado»

De 1914 a 1918, la primera carnicería mundial permitió desembarazarse de un solo golpe de una gran parte del proletariado que habitaba los campos y las ciudades. Esta fue conducida en nombre de la libertad, de la democracia y de la civilización. En apariencia, es en nombre de estos mismos valores que se prolonga, desde hace ya cinco años de asesinatos dirigidos en operaciones especiales, la famosa «guerra contra el terrorismo». Pero, el paralelo se termina allí: en las apariencias. La civilización ya no es esa evidencia que se lleva a los indígenas sin ninguna otra forma de proceso. La libertad ya no es ese nombre que se escribe sobre las paredes, a partir de ahora el de «seguridad» lo persigue como su sombra. Y la notoriedad de la democracia es generalmente soluble dentro las más puras legislaciones de excepción; esto puede verse en el restablecimiento oficial de la tortura en los Estados Unidos o la ley Perben II[1] en Francia.

En un siglo, la libertad, la democracia y la civilización fueron llevadas a un estado de hipótesis. En lo sucesivo, todo el trabajo de los dirigentes consiste en preparar las condiciones materiales y morales, simbólicas y sociales donde esas hipótesis son más o menos validadas, en configurar los espacios donde ellas aparentemente funcionan. Todos los medios son buenos para este fin, incluidos los menos democráticos, los menos civilizados, los más defensivos. Es que durante un siglo la democracia ha presidido regularmente la puesta en marcha de los regímenes fascistas en todo el mundo, es que —al son de Wagner e Iron Maiden— la civilización no ha dejado de rimar con exterminio, es que un día de 1929 la libertad adoptó simultáneamente el rostro de un banquero que se defenestra y de una familia de obreros que se muere de hambre. Desde entonces, digamos desde 1945, Se ha convenido que la manipulación de masas, la actividad de los servicios secretos, la restricción de las libertades públicas y la completa soberanía de las diferentes clases de policía conforman los medios apropiados para asegurar la democracia, la libertad y la civilización. En la última etapa de esta evolución tenemos al primer alcalde socialista de París echando una mano a la pacificación urbana —es decir, al acondicionamiento policiaco de un barrio popular— y justificándose cuidadosamente con palabras calibradas: «Aquí se construye un espacio civilizado». Allí, no hay nada que agregar, es necesario destruirlo todo.

Con sus aires de generalidad, esta cuestión de la civilización no tiene nada de cuestión filosófica. Una civilización no es una abstracción que domina la vida. También es lo que rige, sitia, coloniza la existencia más cotidiana, la más personal. Es lo que mantiene unidas a la dimensión más íntima y a la más general. En Francia, la civilización es inseparable del estado. Mientras más fuerte y antiguo sea un estado, menos será él una superestructura, menos será el exoesqueleto de una sociedad y, en efecto, tendrá en mayor medida la forma de las subjetividades que lo pueblan. El estado francés es la trama misma de las subjetividades francesas, el aspecto mismo que ha tomado la castración multisecular de sus sujetos. Después de esto, no deberíamos asombrarnos por el hecho de que en los hospitales psiquiátricos se delire tan frecuentemente con un mundo construido a partir de figuras políticas, que nos pongamos de acuerdo para ver en nuestros dirigentes el origen de todos nuestros males, que encontremos tanto placer en ofenderlos y que estas ofensas se conviertan en las aclamaciones con las que nosotros mismos los coronamos como nuestros maestros. Puesto que, aquí, no existe ninguna preocupación por la política en tanto que realidad extranjera, sino en tanto que es parte de sí misma. En una palabra: la vida con la que investimos esas figuras políticas es la misma que nos ha sido arrebatada.

Si existe una excepción francesa, se deduce de allí. Puede que hasta el resplandor mundial de la literatura francesa sea el fruto de esta amputación. En Francia, la literatura es el espacio que soberanamente se ha destinado a la diversión de los castrados. Es esa libertad formal la que se concedió a quienes no se acostumbraron al vacío de su libertad real. De ello se deducen las miradas obscenas que no dejan de dirigirse hombres de Estado y hombres de letras desde hace siglos en este país, unos emprestando plácidamente los trajes de los otros, y viceversa. De ello también se deduce que los intelectuales tengan la costumbre de hablar tan alto, cuando son tan bajos, y que siempre fracasen en el momento crucial, es decir, el único momento que habría dado un verdadero sentido a su existencia, pero que los habría colocado al margen de su profesión. Que la literatura moderna haya nacido con Baudelaire, Heine et Flaubert como contragolpe de la masacre de Estado de junio 1848 es una tesis defendida y defendible. En la sangre de los insurrectos parisinos, y contra el silencio que rodea esa matanza, es que nacen las formas literarias modernas, el esplín, la ambivalencia, el fetichismo de la forma y el desapego mórbido. La afección neurótica que los franceses profesan a su República (en nombre de la cual todo error encuentra su dignidad, y cualquier crápula sus letras de nobleza) prolonga a cada instante el rechazo de los sacrificios hechos por sus fundadores. La Semana sangrienta y las jornadas de junio de 1848 —esta última con solo mil quinientos muertos durante los combates, pero miles de ejecuciones sumarias entre los prisioneros y una Asamblea que acoge la rendición de la última barricada con el grito de «¡Viva la República!»— son marcas de nacimiento que ninguna cirugía tiene la capacidad de borrar.

Kojève escribía en 1945: «Todavía hoy, el ideal político “oficial” de Francia, y de los franceses, es el de el Estado-nación, el de la “República única e indivisible”. Por otra parte, en lo más profundo de su alma, el país se da cuenta de la insuficiencia de ese ideal, del anacronismo político de algo estrictamente “nacional”. Desde luego, ese sentimiento todavía no ha alcanzado el nivel de una idea clara y diferente: el país no puede, y no quiere, formularla abiertamente. Además, incluso en razón del resplandor sin igual de su pasado nacional, es particularmente difícil, para Francia, reconocer y aceptar con toda franqueza el fin del periodo “nacional” de la Historia y sacar de ello todas las consecuencias. Es duro, para un país que ha creado con sus propias manos la armadura ideológica del nacionalismo —y que la ha exportado hacia todo el mundo—, reconocer que en lo sucesivo no se trata más que de una pieza que debe clasificarse como cualquier otra en los archivos históricos».

La cuestión del Estado-nación, y de su muerte, constituye el corazón de lo que se hace llamar correctamente, desde hace ya más de un siglo, el malestar francés. Se llama cortésmente «alternancia» a esa prorroga tetanizada, a esa manera de ir, como un péndulo, de izquierda a derecha, luego de derecha a izquierda, justo como lo hace la fase maniaca cuando sigue a la depresiva y prepara así otra fase: justo como coexisten en Francia la oratoria más crítica del individualismo y el cinismo más salvaje, la generosidad más grande y la obsesión de las muchedumbres. Desde 1945, ese malestar —que solo pareció disiparse al aprovechar el Mayo francés y su fervor insurreccional— no ha cesado de profundizarse. La era de los Estados, de las naciones y de las repúblicas se cierra. El país que sacrificó todo lo vivaz que había en él permanece atónito. Frente a la deflagración que causó la simple frase de Jospin[2] «el Estado no lo puede todo», se adivina la que, tarde o temprano, causará la consciencia: el estado ya no puede con nada. Este sentimiento de haber sido engañados no cesa de crecer y de gangrenarse. Crea las bases de una rabia potencial que crece a cada instante. El luto que no fue guardado por la era de las naciones, es pues la clave del anacronismo francés. También es la clave del conjunto de posibilidades revolucionarias que se tienen en reserva.

Cualquiera sea el resultado, el rol de las próximas elecciones presidenciales es el de dar la señal de cese a las ilusiones francesas, de hacer estallar la burbuja histórica dentro de la cual vivimos y que además hace posibles eventos como el movimiento contra el CPE[3] —que en el extranjero es considerado como una pesadilla salida de la década de 1971-1980—. Es por ello que, en el fondo, nadie quiere esas elecciones. Francia es, pues, la linterna roja de la zona occidental.

Hoy, el occidente es un GI[4] que arremete contra Faluya[5] a bordo de un M1 Abrams[6] escuchando hard rock a todo volumen. Es un turista perdido en medio de las planicies de Mongolia, que se burló de todos y que se aferra a su tarjeta de crédito por ser su única tabla de salvación. Es un directivo que no cree más que en una partida de Go[7]. Es una jovencita que busca su bienestar entre los trapos, los adolescentes y las cremas hidratantes. Es un militante suizo por los derechos humanos que acude a los cuatro costados del planeta, solidario a todas las revueltas, siempre y cuando estas ya sean derrotas. Es un español que no poco se mofa de la libertad política desde que se le garantizó la libertad sexual. Es un aficionado al arte que —como última expresión del genio moderno— ofrece a la admiración estupefacta de los demás un siglo de artistas que van del surrealismo al accionismo vienés y que rivalizan en el juego de dar al blanco escupiendo en la cara de la civilización. Se trata, en fin, de un especialista en cibernética que encontró en el budismo una teoría realista de la consciencia y de un físico de partículas que fue a buscar en la metafísica hindú la inspiración de sus últimos hallazgos.

El occidente, es esa civilización que, por una simple estratagema, ha sobrevivido a todas las profecías sobre su debacle. En este sentido, la burguesía tuvo que negarse como clase para permitir el aburguesamiento de la sociedad, el paso del obrero al barón. El capital tuvo que sacrificarse como relación salarial para imponerse como relación social, para hacerse capital cultural y de salud, para hacerse capital financiero. Incluso el cristianismo tuvo que sacrificarse como religión para sobrevivirse como estructura afectiva, como exhortación difusa a la humildad, a la compasión y a la impotencia. El Occidente se sacrificó como civilización particular para imponerse como cultura universal. En fin, la operación puede resumirse de la siguiente manera: una entidad en agonía se sacrifica como contenido para sobrevivirse como forma.

El individuo despedazado sobrevive en tanto que forma gracias a las tecnologías «espirituales» del coaching[8]. El patriarcado, infundiendo en las mujeres todos los atributos penosos del macho: la voluntad, el control de sí, la insensibilidad. La sociedad desintegrada, propagando una epidemia de sociabilidad y de diversión. Así son pues todas las grandes ficciones caducas del Occidente: solo se mantienen gracias a los artificios que, punto por punto, las desmienten .

No existe «choque de civilizaciones». Lo que existe es una civilización en estado de muerte clínica, una sobre la cual se despliega todo un utillaje de soportes para dar vida artificial y que se esparce en la atmosfera para generar una pestilencia particular. En este punto, ni uno solo de esos «valores» existe —al menos, no alguno en el que la civilización pudiera de alguna manera llegar todavía a creer—, y cualquier afirmación de los mismos da la impresión de ser un acto de impudencia, una provocación que conviene despedazar, deconstruir y llevar nuevamente al estado de duda. Hoy, el imperialismo occidental es el del relativismo, el de «ese es tu punto de vista»; es la miradita irónica o la protesta indignada contra todo lo que es bastante tonto, bastante primitivo o bastante conveniente para todavía creer en algo, para afirmar lo que sea. Es ese dogmatismo del cuestionamiento que guiña un ojo cómplice dentro de toda la intelligentsia[9] literaria y universitaria. Así, mientras envuelva una nada de certitud, ninguna crítica es demasiado radical entre las inteligencias postmodernistas. Hace un siglo, el escándalo residía en toda negación un poco escandalosa; hoy, reside en toda afirmación que no se tambalea.

Ningún orden social puede basarse eternamente sobre el principio de que nada es verdad. También, hay que hacer que se sostenga. Actualmente, la aplicación a todas las cosas del concepto de «seguridad» expresa ese proyecto de integrar en todos los lugares, en todas las conductas, incluso en los seres mismos, el orden ideal al que ya nadie está dispuesto a someterse. «Nada es verdad» no dice nada del mundo, pero dice todo del concepto occidental de la verdad. Aquí, la verdad no es concebida como un atributo de los seres o de las cosas, sino de su representación. De esta manera, se toma como verdad una representación conforme a la experiencia y, en última instancia, la ciencia se convierte en ese imperio de la verificación universal. Ahora bien, todas las conductas humanas, desde las más ordinarias a las más eruditas, descansan sobre un zócalo de evidencias formuladas de manera desigual; todas las prácticas parten de un punto en el que cosas y representaciones se encuentran indistintamente ligadas; en cada vida penetra una dosis de verdad que el concepto occidental ignora. Aquí, bien podría hablarse de «gente de verdad»; pero no hay duda que eso sería solo para mofarse de los pobres de espíritu. Es por ello que los occidentales han sido considerados universalmente como mentirosos e hipócritas por aquellos que alguna vez colonizaron. De allí, que se les envidie lo que tienen, su avance tecnológico, pero no lo que son, que se desprecia con justa razón. No se podría enseñar Sade, Nietzsche y Artaud en los liceos si no se hubiese descalificado por adelantado esa noción de la verdad. Contener sin descanso todas las afirmaciones, desactivar metódicamente todas las certidumbres que se dan a conocer de modo fatídico: esa es la dura tarea de la inteligencia occidental. En este punto, la policía y la filosofía convergen como medios formalmente distintos.

Desde luego, el imperialismo de lo relativo encuentra en cualquier dogmatismo vacío, en cualquier marxismo-leninismo, en cualquier salafismo, en cualquier neo-nazismo un adversario a su medida: alguien que, como los occidentales, confunde la afirmación con la provocación.

En esta fase, una disputa estrictamente social —una que se niegue a ver que lo que nos hace frente no es la crisis de una sociedad, sino la extinción de una civilización— se hace cómplice de su perpetuación. Incluso criticar esta sociedad con la esperanza vana de salvar la civilización es, en lo sucesivo, una estrategia corriente.

Así estamos. Tenemos un cadáver sobre la espalda, pero no podemos desembarazarnos fácilmente de él. No hay nada que esperar del fin de la civilización —de su muerte clínica— porque, tal y como ella se encuentra, no puede interesar más que a los historiadores. Esto es un hecho, es necesario tomar una decisión. Los hechos son plegables, la decisión es política. Resolver la muerte de la civilización —tomar el control de cómo esta ocurre— es la única decisión que podrá aligerar el peso de ese cadáver.


[1] Esta ley, establece conceptos como el de reconocimiento previo de culpabilidad o plaider coupable que consiste en la asunción de la responsabilidad de un crimen o daño causado a terceros. Se trata con ello de evitar la laboriosidad del proceso llegando a un acuerdo sobre ciertos puntos esenciales. Para muchos, esto constituye un atentado contra los derechos de la defensa y la posibilidad que tiene cada quien de ser juzgado con calma.

[2] Lionel Jospin, político francés; primer ministro de Francia de 1997 a 2002.

[3] Ver nota 38.

[4] Termino que hace referencia a miembros o equipamientos de la fuerza armada estadounidense.

[5] Ciudad que tras la invasión liderada por Estados Unidos en Iraq quedó en ruinas.

[6] Tanque de combate estadounidense producido por General Dynamics.

[7] Juego de estrategia creado en china hace más de 4000 años.

[8] Proceso que, en el mundo empresarial, depende de la interrelación entre un entrenador (coach) y su aprendiz (coachee), siendo este último el punto focal del proceso y quien hará uso de sus habilidades para la resolución de problemas.

[9] Termino que en sus inicios se fundamentaba en la autodefinición de cierto grupo de intelectuales en Polonia y Rusia. Ahora, el significado es más amplio y hace referencia a una clase social —de intelectuales y similares— involucrada en el desarrollo de la cultura.

¡EN MARCHA!

Una insurrección, no vemos siquiera por dónde eso comienza. Sesenta años de pacificación, de suspensión de las conmociones históricas; sesenta años de anestesia democrática y de gestión de los acontecimientos; sesenta años que han debilitado nuestra capacidad de percepción abrupta de lo real, del sentido partidista de la guerra en curso. Para recomenzar, es esta percepción la que hay que recobrar.

No hay que indignarse por el hecho de que una ley tan notoriamente anticonstitucional como la ley sobre la Seguridad cotidiana se aplique desde hace ya cinco años. Es inútil protestar legalmente contra la implosión prolija del marco legal. Por ello, es necesario organizarse.

No hay que comprometerse con este o aquel colectivo ciudadano, con este o aquel impase de extrema izquierda, tampoco con la última imposición asociativa. Todas las organizaciones que pretenden protestar contra el orden actual, además de fantoches, tienen la forma, las costumbres y el lenguaje de Estados miniatura. Hasta el presente, todas las ligerezas para «hacer política diferente» no han contribuido más que a la extensión indefinida de los pseudópodos[1] estatales.

Ya no hay que reaccionar a las noticias del día; por el contrario, hay que considerar toda información como una operación que se lleva a cabo dentro de un campo hostil de estrategias que se tienen que descifrar, una operación que apunta justamente a suscitar en este o aquel una reacción cualquiera: hay que considerar esa operación como la verdadera información que está contenida dentro de la información aparente.

Ya no hay que esperar una situación de claridad, la revolución, el apocalipsis nuclear o un movimiento social. Seguir esperando es una locura. La catástrofe no es lo que viene, sino lo que ya está aquí. Partiendo de este punto, nos situamos dentro del proceso de una civilización en hundimiento. Es aquí donde hay que tomar partido.

De una manera u otra, no esperar más es entrar en la lógica insurreccional. Es oír nuevamente, en la voz de nuestros gobernantes, el ligero temblor de espanto que jamás los abandona. Porque gobernar nunca ha sido otra cosa más que rechazar con mil subterfugios el instante en el que la turba se llevará a todos por delante; porque todo acto de gobierno es solo una manera de no perder el control de la población.

Partimos, entonces, de un punto de extremo aislamiento, un punto de impotencia extrema. Debemos construir todo a partir de un proceso insurreccional.

Nada parece menos probable que una insurrección.

Pero nada es más necesario.


[1] Pseudópodos, en tanto prolongaciones o extensiones tentaculares de algo.

ENCONTRARSE

Apegarse a lo que se experimenta como verdadero. Partir de allí

Un encuentro, un descubrimiento, una gran protesta, un temblor de tierra: todo acontecimiento que es producto de la verdad y que altera nuestra forma de estar en el mundo. A la inversa, cualquier constatación que nos deje indiferentes, que nos deje sin cambios, que no nos comprometa con nada no puede ameritar el nombre de verdad. Existe, pues, una verdad subyacente en cada gesto, en cada práctica, en cada relación, en cada situación. Y lo habitual es eludir: administrar todo lo que produce en la gran mayoría ese extravío tan característico de esta época. De hecho, todo se compromete. El sentimiento de vivir en la mentira es todavía una verdad. Se trata de no soltarlo, incluso de partir de allí. Una verdad no es una opinión sobre el mundo, sino lo que de manera irreductible nos mantiene unidos a él. Una verdad no es algo que se detenta, sino algo que nos orienta. En tanto que individuo, la verdad me hace y me deshace, me constituye y me destituye, me aleja de muchos y me asemeja a quienes la experimentan.

El ser aislado que allí se esmera encuentra fatalmente a algunos de sus semejantes. En efecto, todo proceso insurreccional parte de una verdad sobre la que no se cede. En el curso de los años de la década de 1980, en Hamburgo, se vio a un puñado de habitantes decidir que para ser expulsados de la casa que habían ocupado se tendría que pasar por encima de sus cadáveres. A partir de ese momento, hubo un barrio asediado por tanques y helicópteros, jornadas de combate callejero, manifestaciones monstruosas, y un ayuntamiento que finalmente capituló. En 1940, el «primer maquis de Francia», Georges Guingouin, solo tuvo como punto de partida la certidumbre de su negativa a la ocupación. En ese entonces, según el partido comunista, él no era más que un «loco que vivía en el bosque». Hasta que fueron 20 000 los locos viviendo en el bosque y liberando a Limoges.

No retroceder ante lo que toda amistad tiene de político.

Se nos ha dado una idea neutra de la amistad, una de pura afección sin consecuencias. Pero toda afinidad es afinidad en una verdad común. Todo rencuentro es rencuentro en una afirmación común, incluso en la destrucción. No nos relacionamos con otros inocentemente. No en una época donde desear algo y no dar el brazo a torcer por ello conduce regularmente al desempleo. No en una época donde hay que mentir para trabajar y, por consiguiente, trabajar para conservar los medios de la mentira. En este sentido, los físicos que se comprometen a sacar de cada dominio todas las consecuencias del mundo cuántico no se vincularían entre sí de una manera menos política que los camaradas que llevan una lucha contra una multinacional agroalimentaria. Tarde o temprano, todos serían conducidos a la deserción y al combate.

Para reunirse, los iniciadores del movimiento obrero tenían el taller, luego la fábrica. Para contarse y desenmascarar a los rompe huelgas, tenían la huelga misma. Para trazar solidaridades y frentes a escala mundial, ellos tenían una relación salarial que ponía en pugna al partido del Capital con el partido del Trabajo. Nosotros, por el contrario, tenemos la totalidad del espacio social para reunirnos. Tenemos las conductas cotidianas de insumisión para contarnos y desenmascarar a los rompe huelgas. Tenemos la hostilidad hacia la civilización para construir solidaridades y frentes a escala mundial.

No esperar nada de las organizaciones. Desconfiar de todos los medios existentes y, antes que nada, convertirse en uno de ellos

En el curso de una desafiliación consecuente no es raro que uno se encuentre con las organizaciones (políticas, sindicales, humanitarias, asociativas, etc). Incluso suelen encontrarse algunos seres sinceros, pero desesperados, o entusiastas, pero tramposos. El atractivo de las organizaciones se debe a su consistencia aparente: tienen una historia, una sede, un nombre, medios, un jefe, una estrategia y un discurso. Pero no por ello dejan de ser arquitecturas vacías que apenas el respeto por sus orígenes heroicos logra poblar. Se ocupan —antes que nada— de su propia supervivencia como organizaciones; lo hacen en cada cosa, en cada uno de sus escalones. Con mucha frecuencia son sus repetidas traiciones quienes las han alienado del apego a sus propias bases. Por ello, ocasionalmente se encuentran allí algunos seres estimables. Sin embargo, la promesa inherente al rencuentro solo podrá realizarse fuera de la organización y, necesariamente, contra ella.

Mucho más temibles que las organizaciones son los medios, con sus texturas ligeras, sus rumores y sus jerarquías informales. Hay que escapar, pues, de todos ellos. Cada uno está encargado de la neutralización de una verdad. Los medios literarios están allí para sofocar la evidencia de los medios escritos. Los medios libertarios la de la acción directa. Los medios científicos para retener lo que sus investigaciones implican hoy para la gran mayoría. Los medios deportivos para contener en sus gimnasios las diferentes formas de vida que deberían engendrar las diferentes formas de deporte. Hay que escapar principalmente de los medios culturales y de los medios militantes. Ellos son los cementerios donde tradicionalmente vienen a encallarse todos los deseos de revolución. La tarea de los medios culturales consiste en señalar las intensidades que comienzan a formarse, de exponer el sentido de lo que hacemos para sustraerlo; la de los medios militantes consiste en quitarnos la energía necesaria para hacer lo que de verdad deseamos.

Los medios militantes extienden, pues, su manto borroso sobre todo el territorio francés, se encuentran sobre el camino de todo hacerse revolucionario. Sin embargo, solo son portadores de la totalidad de sus fracasos y de la amargura que por ello han engendrado. Tanto su usura como el exceso de su impotencia los convirtieron en individuos incapaces de aprovechar las posibilidades del presente. Por lo demás, hablan demasiado solo para entretener una pasividad desgraciada, y eso los hace inseguros policiacamente. Así, sería tan vano como estúpido esperar algo de ellos o decepcionarse por su esclerosis. Basta con abandonarlos mientras se desinflan.

Todos los medios son contrarrevolucionarios porque lo único que les importa es preservar su confort.

Constituirse en comunas

La comuna es lo que sucede cuando los hombres se encuentran, se entienden y deciden caminar juntos. La comuna es quizás lo que se decide en el momento donde separarse sería lo habitual. Es la alegría del rencuentro que sobrevive a su sofocación de rigor. Es lo que permite que digamos «nosotros» y que eso sea un acontecimiento. No hay nada de extraño en que los hombres se pongan de acuerdo y formen una comuna; sí lo hay, por el contrario, en que se mantengan separados. ¿Por qué las comunas no habrían de multiplicarse al infinito? En cada fábrica, en cada calle, en cada ciudad, en cada escuela. En fin, ¡un reino de comités básicos! Pero de comunas que aceptarían ser lo que son, allí donde están. Y si es posible, una multiplicidad de comunas que substituirían a todas las instituciones de la sociedad: a la familia, a la escuela, al sindicato, al club deportivo, etc. Se trataría de comunas que, aparte de sus actividades propiamente políticas, no tendrían miedo de organizarse en favor de la supervivencia —material y moral— de cada uno de los miembros que la integran y de todos los desorientados que las rodean. Serían comunas que no se definirían como lo hacen generalmente los colectivos, es decir, no en función de un adentro y de un afuera, sino por la densidad de los lazos que existen en su propio seno. No por las personas que las componen, sino por el espíritu que las anima.

Una comuna se forma cada vez que ciertos individuos —libertos de la camisa de fuerza de lo individual— se preparan para no contar más que con ellos mismos y para medir sus fuerzas con la realidad. En este sentido, toda huelga salvaje es una comuna, toda casa ocupada colectivamente y con bases definidas es una comuna; los comités de acción del 68 eran comunas y también lo eran las ciudades de esclavos cimarrones en los Estados Unidos y la radio Alice[1] de Boloña en 1977. Toda comuna quiere pues por sí misma convertirse en su base. Quiere disolver el problema de las necesidades. Quiere acabar con toda dependencia económica y, paralelamente, con toda sujeción política: porque la comuna degenera en medio a partir del instante mismo en que pierde contacto con las verdades que la constituyen.

Solo queda por decir que existe toda una infinidad de comunas que para organizarse no dependen ni del número, ni de los medios; mucho menos de un «momento oportuno» que no llega jamás.


[1] Radio Alice fue una radio de transmisión libre que efectuó transmisiones desde Boloña, al final de 1970, con ayuda de un emisor de uso militar.

ORGANIZARSE

Organizarse para ya no tener que trabajar

Los escondites escasean, y a decir verdad, continuar aburriéndose de esa manera significa desperdiciar el tiempo con demasiada frecuencia. Además, los escondites se distinguen por sus patéticas condiciones de siesta y de lectura.

Se sabe que el individuo existe de manera tan precaria que debe ganar su vida, que debe incluso comercializar su propio tiempo a cambio de un poco de existencia social. El tiempo personal para la existencia social: he aquí el trabajo, he aquí el mercado. De entrada, el tiempo de la comuna escapa al trabajo, no funciona con los chanchullos, él preferirá en su lugar otras cosas. Sirvámonos de un ejemplo. Grupos de piqueteros[1] argentinos consiguen colectivamente una especie de RMI[2] local condicionado por algunas horas de trabajo; luego, no cumplen con las horas acordadas, hacen sus ahorros comunes, se dotan de talleres de confección, de una panadería e incluso habilitan los jardines que necesitan.

Es necesario buscar dinero para la comuna, pero de ninguna manera hay que ganarse la vida. Todas las comunas tienen sus cajas de pandora. Los chanchullos son múltiples. Además de RMI, están los subsidios, los paros por enfermedad, las bolsas de estudios acumulados, las primas para partos ficticios: existen tráficos de toda clase, una infinidad de medios que nacen con cada mutación del control. Sin embargo, no nos corresponde defenderlos. Tampoco buscar abrigo bajo sus refugios improvisados, o preservarlos como un privilegio de principiante. Lo que es importante cultivar, difundir, es esa disposición necesaria al fraude, y compartir así las innovaciones. Para las comunas, la cuestión del trabajo no se plantea sino en función de las demás rentas existentes. Por ello, no se debe descuidar la utilidad de los conocimientos que puede procurar el paso por ciertos oficios, formaciones o puestos de envergadura.

La exigencia de la comuna, es liberar la máxima cantidad de tiempo posible para todos. Exigencia que no se cuenta únicamente —no esencialmente— en número de horas vírgenes de explotación salarial. No nos encontramos de vacaciones a causa del tiempo que en efecto nos queda libre. Por el contrario, el tiempo vacante, el tiempo muerto, el tiempo de vacío y de miedo al vacío, es precisamente el tiempo dedicado al trabajo. A partir de ahora, ya no existe un tiempo que hay que llenar, sino una liberación de energía que ningún «tiempo» puede retener, es decir, líneas que se dibujan, que se acentúan, que podemos seguir con placer hasta el fin, hasta verlas cruzarse con otras.

Saquear, cultivar, fabricar

Unos ancianos de Metaleurop[3] se hacen atracadores en lugar de guardias de prisión. Unos empleados de EDF[4] enseñan a sus familiares cómo engañar a las máquinas contadoras. El material «que cae del camión» se revende sin importar cómo. Un mundo que se proclama tan abiertamente cínico no puede esperar de la parte de los proletarios mucha lealtad.

De un lado, una comuna no puede contar con la eternidad del «Estado providencia»; del otro, ella tampoco puede contar con vivir mucho tiempo de la ratería, de la recolección de basura en los supermercados o en los almacenes de las zonas industriales, de la malversación de las subvenciones, de las estafas a las aseguradoras o de cualquier otro fraude; en una palabra: del pillaje. La comuna debe preocuparse por el aumento permanentemente del nivel y el alcance de su auto-organización. Nada sería más lógico, pues, que la ayuda de los tornos, de las fresadoras, de las fotocopiadoras vendidas en rebaja al cierre de una fábrica para apoyar en cambio a alguna conspiración contra la sociedad mercantil.

En la época actual, el sentimiento de un desmoronamiento inminente se encuentra por todas partes tan vivo que es difícil contar todas las investigaciones actuales en materia de construcción, de energía, de materiales, de ilegalidad o de agricultura. Hay allí todo un conjunto de saberes y técnicas que no espera más que ser plagiado y arrancado de su embalaje moralista, vil o ecológico. Sin embargo, este conjunto todavía no forma parte de cada institución, de cada saber hacer, de toda esa ingeniosidad propia de los barrios más pobres que será necesario desplegar si pensamos repoblar el desierto metropolitano y asegurar la viabilidad media de una insurrección.

¿Cómo comunicarse y moverse en una interrupción total del flujo? ¿Cómo restaurar el cultivo de plantas comestibles de las zonas rurales hasta que estas puedan soportar nuevamente las densidades de población que tenían hace sesenta años? ¿Cómo transformar espacios recubiertos de hormigón en huertos urbanos de la misma manera que Cuba lo hizo para poder aguantar el embargo americano y la liquidación de la URSS?

Formar y formarse

A nosotros, que hicimos tanto uso de las distracciones autorizadas por la democracia mercantil, ¿qué nos quedó? ¿Qué cosa es la que un día nos motivó a trotar el domingo por la mañana? ¿Qué es lo que tienen todos estos fanáticos del karate, estos hombres entendidos del bricolaje, de la pesca o de la micología? ¿Qué es sino la necesidad de llenar el vacío de una ociosidad completa, de reconstituir su fuerza de trabajo o su «capital salud»? La mayor parte de los momentos de ocio podrían fácilmente despojarse de su absurdidad y convertirse en algo diferente. Considérese, por ejemplo, el boxeo. Este no siempre estuvo reservado para las demostraciones de teletón o para los encuentros pugilísticos de gran atractivo. A principios de siglo XX —en una China despedazada por hordas de colonos y hambrienta a causa de sequías muy largas— se vio a miles de campesinos muy pobres organizarse en torno a innumerables clubs de boxeo a cielo abierto: querían retomar lo que alguna vez les fue despojado por los ricos y colonos. Fue la revuelta de los boxeadores. Nunca será demasiado temprano para aprender y practicar lo que van a requerir de nosotros los tiempos menos pacíficos, los menos previsibles. Actualmente, somos tan dependientes de la metrópoli —de su medicina, de su agricultura, de su policía— que no podríamos atacarla sin ponernos en peligro nosotros mismos. Así, la consciencia no formulada de esa vulnerabilidad es la que da origen a la autolimitación espontanea de los movimientos sociales actuales, la que hace temer las crisis y desear la «seguridad». Es por ella que las huelgas transformaron el horizonte de la revolución en el horizonte del retorno a lo normal. Desprenderse de esa fatalidad implica un largo y consistente proceso de aprendizaje, de experiencias múltiples, masivas. No se trata solo de saber luchar, de forzar las cerraduras, de sobreponerse tanto a fracturas como a anginas, de construir un emisor de radio pirata, de montar cantinas callejeras, de apuntar al blanco; sino también de juntar los conocimientos dispersos y de constituir una agronomía de guerra, de comprender la biología del plancton, la composición de los suelos, de estudiar las asociaciones de plantas y encontrar así las intuiciones perdidas, de encontrar todos los usos, todos los lazos posibles con nuestro entorno inmediato y con los limites más allá de los cuales lo agotamos: todo esto a partir de hoy y por el resto de días que tengamos que vivir para obtener más que una parte simbólica de nuestro alimento y nuestros cuidados.

Crear territorios. Multiplicar las zonas de opacidad

Con «el acercamiento del peak oil[5]», cada vez más reformistas convienen que «para reducir las emisiones de gas de efecto invernadero» será necesario, entre otras cosas, «relocalizar la economía», renunciar a la facilidad de las importaciones a gran distancia, favorecer el aprovisionamiento regional, los circuitos cortos de distribución, etc. Sin embargo, ellos olvidan que la característica particular de todo lo que se consigue localmente en materia económica es hacer las cosas bajo cuerda, de manera «informal». Es decir, olvidan que esta simple medida ecológica en favor de la relocalización de la economía implica nada menos que liberarse del control estatal —o someterse a él sin reservas—.

El territorio actual es producto de siglos de operaciones policiacas. Se ha empujado al pueblo fuera de sus campos, luego fuera de sus calles, luego fuera de sus barrios. Finalmente, se les empujó fuera de sus vestíbulos con la esperanza malsana de mantener cada vida dentro de las cuatro paredes supurantes de lo privado. Para nosotros, la cuestión del territorio no se plantea como para el Estado. No se trata de mantenerla. De lo que se trata es de hacer más densas localmente las comunas, las circulaciones y las solidaridades; hacerlo a tal punto que el territorio se haga ilegible, opaco a toda autoridad. No es cuestión pues de ocupar, sino de ser el territorio.

Cada practica hace existir un territorio —territorio del negocio[6] o de la caza, territorio de los juegos de niños, de los enamorados o del motín, territorio del campesino, del ornitólogo o del que solo pasa el rato—. Así, la regla es simple: mientras haya más territorios superpuestos en una zona dada, habrá más circulación entre ellos y menos afianzamiento del poder. Restaurantes, imprentas, campos de deportes, descampados, puestos de libreros, techos de inmuebles, mercados improvisados, pinchos, talleres, todos pueden escapar a su vocación oficial por poco que encuentren allí suficientes complicidades. En una palabra: la auto-organización local, al imponer [en exceso] su propia geografía a la cartografía estatal, la separa, la anula, produce su propia secesión.

Viajar. Trazar nuestras propias vías de comunicación

El principio de las comunas no es el de oponer a la metrópoli, y a su movilidad, el arraigamiento local y la lentitud. El movimiento expansivo de constitución de comunas debe doblar subterráneamente el de la metrópoli. No tenemos que rechazar las posibilidades de desplazamiento y de comunicación ofrecidas por las infraestructuras mercantiles, solo conocer sus límites. Basta con ser suficientemente prudentes, suficientemente anodinos. Ir a casa de tal o cual —visitarse— es de una manera diferente más seguro: no deja rastros y forja lazos mucho más consistentes que cualquier lista de contactos en Internet. El privilegio concedido a muchos de nosotros para poder «circular libremente» de un extremo al otro del continente —y sin demasiados problemas alrededor del mundo— es una ventaja nada despreciable para comunicar focos de conspiración. Permitir a americanos, griegos, mexicanos y alemanes reencontrarse furtivamente en París, mientras se lleva a cabo una discusión estratégica, es una de las ventajas de la metrópoli.

El movimiento permanente entre comunas aliadas protege a estas tanto del endurecimiento como de la fatalidad de la renuncia. Acoger camaradas, mantenerse al corriente de sus iniciativas, meditar sus experiencias, incorporar las técnicas que dominan, todo esto hace más por una comuna que cualquier examen de conciencia a puerta cerrada. Se habría hecho mal, entonces, subestimando lo que puede elaborarse de decisivo en esas veladas que pasamos confrontando nuestras opiniones sobre la guerra en curso.

Derribar, progresivamente, todos los obstáculos

Como se sabe, las calles rebozan de incivilidad. Entre lo que ellas son realmente y lo que deberían ser, se encuentra la fuerza centrípeta de toda policía que se esfuerza por restablecer el orden; al frente, nos encontramos nosotros, el movimiento inverso, el centrífugo. En cada lugar que surgen las calles, no podemos sino alegrarnos del arrebato y del desorden. No es nada asombroso que esas fiestas nacionales que ya no festejan nada marchen sistemáticamente mal a partir de ahora. Deteriorado o resplandeciente, el mobiliario urbano (dónde comienza?, ¿dónde termina?) materializa nuestra desposesión común. Al perseverar en su nada, no exige más que regresar allí con formalidad. Contemplemos lo que nos rodea: la metrópoli adquiere de un golpe el aire de nostalgia que poseen solo los campos en ruinas, todo allí espera su hora.

Basta con que las incivilidades se hagan metódicas, basta con que se sistematicen para que así puedan confluir en una guerrilla difusa y eficaz, una guerrilla que nos abandone en nuestra propia ingobernabilidad e indisciplina primordiales. Es inquietante, por tanto, que entre el número de virtudes reconocidas al guerrillero figure precisamente la indisciplina. De hecho, jamás se debió desligar la rabia de la política: sin la primera, la segunda se pierde en discursos; sin la segunda, la primera se agota en alaridos. Es por ello que en política palabras como «rabiosos» o «exaltados» jamás vuelven a la superficie sin disparos de advertencia.

Dicho esto, aceptemos los siguientes principios del sabotaje. Para el método: un mínimo de riesgo en la acción, un mínimo de tiempo; un máximo de daños. Para la estrategia: recordar que un obstáculo volcado pero no sumergido —un espacio liberado pero no habitado— es fácilmente remplazado por otro obstáculo más resistente y menos atacable.

Es pues inútil extenderse con los tres tipos de sabotaje obrero: aminorar el trabajo del «ve con calma» a la huelga con recelo; destrozar las maquinas o poner trabas a su funcionamiento; divulgar los secretos de la empresa. Ampliados hasta las dimensiones de la fábrica social, los principios del sabotaje se generalizan desde la producción a la circulación. La infraestructura técnica de la metrópoli es vulnerable, sus flujos no son solamente transportes de personas y de mercancías; las informaciones y la energía circulan a través de las redes de conexiones, de fibras y de canalizaciones que se pueden atacar. Actualmente, sabotear con alguna consecuencia la maquina social implica reconquistar y reinventar los medios para interrumpir esas redes. ¿Cómo hacer inutilizable una línea de TGV, una red eléctrica? ¿Cómo encontrar los puntos débiles de las redes informáticas, cómo interferir las ondas de radio y dejar blanca la pantalla del televisor?

En cuanto a los obstáculos serios, no se puede considerar imposible toda destrucción. Lo que hay de prometeico allí adentro tiene su origen, y se resume, en una cierta apropiación del fuego, en algo más grande que cualquier voluntarismo ciego. Fue en el año 356 a.C. que Eróstrato quemó el templo de Artemisa, una de las siete maravillas del mundo. En nuestra era de prolija decadencia la imponencia de los templos solo posee una verdad fúnebre: ellos ya están en ruinas.

Aniquilar esa nada no es precisamente una triste labor. Allí, la acción encuentra nuevamente su juventud. Todo cobra sentido, todo se ordena súbitamente —el espacio, el tiempo, la amistad—. Allí, se construyen flechas con cualquier trozo de madera, se encuentran sus usos: no se es más que una flecha[7]. En la crisis actual, «todo joder» quizás hace las veces —no sin razón, hay que confesarlo— de última seducción colectiva.

Huir de la visibilidad. Convertir el anonimato en una posición defensiva

Durante una manifestación, una sindicalista arranca la máscara de un hombre que acaba de romper una vitrina. Inmediatamente le dice: «En lugar de esconderte, asume lo que haces ». Ser visible es pues ser descubierto, es hacerse vulnerable a todo. Cuando los izquierdistas de todos los países no dejan de «hacer visible[8]» su causa —bien sea la de los vagabundos, la de las mujeres, o la de los indocumentados— lo hacen con la esperanza de que esta sea tomada en consideración. De esta forman hacen exactamente lo contrario a lo que debería hacerse. Es decir, no hacernos visibles, pero sacar ventaja del anonimato al que fuimos relegados y por medio de la conspiración, la acción nocturna o encapuchada construir una posición de ataque inatacable. El incendio de noviembre de 2005 ofrece el modelo. Sin líder, sin reivindicación, sin organización, pero sí con palabras, gestos, complicidades. No ser socialmente nada no es una condición humillante, no es la fuente de una trágica falta de reconocimiento (ser reconocido: ¿por quién?), sino al contrario la condición necesaria para que se dé una libertad máxima de acción. Una manera de preservar esa libertad es no firmar las fechorías que se llevan a cabo, no hacer alarde más que de unas siglas fantoches —como aquellas del muy efímero BAPT (Brigada anti-policías de los Tarterêts[9]) que todavía hoy se recuerdan—. Así, establecer un sujeto «de las afueras» que fuese el autor de los «motines de noviembre de 2005» habría sido, con toda evidencia, una de las primeras maniobras defensivas del régimen. Por ello, mirar la careta de quienes son alguien en esta sociedad puede ayudar a comprender la alegría de no ser nadie.

Hay que huir de la visibilidad. Pero una fuerza que se suma en la oscuridad jamás puede esquivarla. Se trata, entonces, de demorar la aparición de nuestra fuerza hasta el momento oportuno. Porque tanto más tarde nos encuentre la visibilidad, tanto más fuertes seremos nosotros. Y una vez adentro de la visibilidad, nuestro tiempo está contado. O estamos en condiciones de pulverizar, a corto plazo, su reino; o es ese mismo reino quien sin esperar nos aplasta.

Organizar la autodefensa

Vivimos bajo una ocupación. Las redadas de indocumentados en medio de la calle, los carros camuflados surcando los bulevares, la pacificación de los barrios de la metrópoli con técnicas forjadas en las colonias, el ministro del Interior y sus declamaciones dignas de la guerra de Argelia contra las «pandillas»: todo esto nos recuerda cotidianamente que vivimos bajo una ocupación policiaca. Sin embargo, son ya suficientes los motivos para no dejarse atropellar, para alistarse en la autodefensa.

Una comuna, a medida que crece y resplandece, ve cómo las operaciones del poder apuntan detenidamente hacia todo lo que la constituye. Esos contraataques adquieren la forma de la seducción, de la recuperación y, en última instancia, la de la fuerza bruta. La autodefensa debe ser para las comunas una evidencia colectiva, tanto práctica como teórica. Impedir un arresto, reunirse presta y supernumerariamente contra las tentativas de expulsión, poner a salvo a uno de los nuestros, ya no serán reflejos superfluos en los tiempos que vienen. No podemos reconstruir por siempre nuestras bases. Que se cese de denunciar la represión, y que uno allí se prepare.

El asunto no es simple, las fuerzas policiales se fundamentan en la muchedumbre. Paralelamente a esto, se espera de la población un incremento del trabajo policial —de la delación al compromiso ocasional en las milicias ciudadanas—. A partir de ahora, la llave maestra de la intervención policiaca, incluso en una situación de motín, es el policía vestido de civil. La eficacia de la policía en el transcurso de las últimas manifestaciones contra la CPE[10] provenía precisamente de los civiles que se mezclaban en la muchedumbre y esperaban el momento oportuno para revelarse: bomba lacrimógena, garrote, flash-ball[11], interpelación, todo en perfecta armonía con los servicios del orden de los sindicatos. Basta la sola posibilidad de su presencia para sembrar la duda entre los manifestantes y paralizar la acción, para que se pregunten: ¿quién es quién? Tenemos que dotarnos de los medios necesarios para desenmascarar a los civiles, para cazarlos y, si se presenta el caso, para arrancar de sus manos a quienes ellos intentan arrestar. Tenemos que hacerlo incluso admitiendo que una manifestación no es un medio para contarse, sino más bien un medio para actuar.

La policía no es invencible en la calle; posee simplemente medios para organizarse, entrenarse y mantenerse a la vanguardia en la prueba de armas. En comparación, nuestras armas siempre serán rudimentarias, remendadas y muy frecuentemente improvisadas al momento. Estas, no pretenden bajo ninguna circunstancia competir en potencia como armas de fuego; al contrario, apuntan a guardar distancia, a desviar la atención, a ejercer cierta presión psicológica, incluso apuntan a abrir súbitamente un sendero o a ganar terreno. Es obvio que toda la innovación desplegada en los centros de preparación (tipo guerrilla urbana) de la gendarmería francesa no basta —y no bastará jamás— para responder con la prontitud necesaria a esa diversidad inestable que puede afectar muchos entornos a la vez y que, sobretodo, se esfuerza por guardar siempre la iniciativa.

Las comunas son evidentemente vulnerables a la vigilancia y a las requisas policiacas, a la policía científica y a la información. Las olas de arrestos de los anarquistas en Italia y de los ecowarriors[12] en Estados Unidos fueron permitidas por la audiencia. Ahora, todo arresto preventivo da lugar a una prueba de ADN y enriquece un historial siempre más completo. Un okupa[13] barcelonés fue sacado de su anonimato porque había dejado huellas sobre los panfletos que distribuía. Gracias a la biometría —notablemente— los métodos de registro se mejoran sin cesar. Así, sí la cédula de identidad electrónica viniese a ser puesta en funcionamiento, nuestra tarea solo sería más difícil. La Comuna de París ya había en parte solucionado el problema de registro: al quemar el l’Hôtel de Ville, los incendiarios destruyeron también los registros del estado civil. Quedan por encontrar los medios para destruir, por siempre, los datos informatizados.


[1] En Argentina, miembros de un movimiento social iniciado por los trabajadores desocupados a mediados de la década de 1990.

[2] Ver nota 18.

[3] Grupo francés especializado en la producción, transformación y valorización de metales como el Zinc y el Plomo.

[4] En Francia, “Electricité de France”: empresa nacional de electricidad francesa.

[5] Se llama “pico o cénit petrolero” a la tasa de agotamiento a largo plazo del petróleo.

[6] En el original “deal”: palabra de origen anglosajón con la que se hace referencia a cualquier tipo de trato, arreglo, o negociación. Así, en lenguaje de uso popular, con ella se designa también el tráfico ilegal de droga de los vendedores ambulantes.

[7] En Francia, la expresión “faire feu, faire flèche de tout bois” (literalmente, “hacer fuego, hacer flechas con cualquier madera”) hace referencia al acto de usar todos los recursos posibles para alcanzar un fin.

[8] “visibiliser” en el original.

[9] En el original: “BAFT (Brigade Anti-Flic des Tarterêts)”

[10] Ver nota 38.

[11] Arma de uso no letal (dispara balas de goma) utilizada por las fuerzas policiales, principalmente durante los motines, para restablecer el orden sin causar daños mortales a los individuos.

[12] Auto-denominación de algunos activistas ecológicos que se comprometen directamente en las acciones para la preservación del ambiente.

[13] En el original “squatteur”, término que proviene del inglés “squatter”: persona sin hogar que ocupa ilegalmente una vivienda vacía o destinada a la destrucción.

INSURRECCIÓN

La comuna es la unidad elemental de la realidad guerrillera. Una intensificación insurreccional quizás no es otra cosa que una multiplicación de comunas, de su relación y de su articulación. Las comunas se basan en entidades de mayor envergadura, o incluso también se fraccionan según el curso de los acontecimientos. Entre una pandilla de hermanos y hermanas vinculados «por siempre y para siempre», y la reunión de una multiplicidad de grupos, de comités, de pandillas que organizan el aprovisionamiento y la autodefensa de un barrio, incluso de una región en sublevación, no hay más que una diferencia de grado, todas son indistintamente comunas.

Toda comuna no puede entonces sino inclinarse hacia la auto-subsistencia, experimentar en su propio seno que el dinero es algo irrisorio y que, en definitiva, está fuera de lugar. El poder del dinero es el de formar un lazo entre quienes se encuentran sin lazos, de relacionar extraños en tanto que extraños y, con ello —al hacer cada cosa equivalente— poner todo en circulación. Allí, donde la mentira es la regla, la capacidad que tiene el dinero para relacionar todo se paga con la superficialidad de esa relación. La desconfianza es entonces el fondo de esa relación de crédito. En consecuencia, el reino del dinero debe ser siempre el reino del control. La abolición práctica del dinero no puede hacerse más que por la extensión de las comunas. En cada comuna, su extensión debe obedecer a la preocupación de no sobrepasar un cierto tamaño, uno que no vaya más allá del límite en el que la comuna pierde contacto consigo misma y suscita casi sin falta una casta dominante. La comuna preferirá entonces escindirse y de la misma manera extenderse. Paralelamente, prevendrá un resultado desafortunado.

En la primavera de 2001, el levantamiento de la juventud argelina abarcó toda la Cabilia y recuperó casi totalmente su territorio. Atacaron a la guardia civil, a los tribunales y a todas las representaciones del Estado; generalizaron los motines hasta la retirada unilateral de las fuerzas del orden, hasta impedir incluso las elecciones. En la complementariedad, la fuerza del movimiento no habrá sido difusa más que entre ciertos componentes que fueron representados, de manera muy particular, por las eternas y desesperadamente masculinas asambleas de los comités del pueblo y otros comités populares. Las «comunas» de la siempre estremecedora insurrección argelina, algunas veces, tienen el aspecto de esos jóvenes «tostados» y con gorras que lanzan botellas de gas sobre los CNS (CRS)[1] desde el techo de un inmueble de Tizi Ouzou[2]; otras veces, tienen la sonrisa socarrona de un viejo maquis arropado con su albornoz; y otras, tienen la energía de las mujeres de un pueblo de montaña que hacen estremecer de arriba abajo los cultivos y la cría tradicionales sin los cuales los bloqueos a la economía de la región no habrían podido ser tan respetados y sistemáticos.

Sacar provecho de toda crisis[3]

«Hay que agregar, además, que no se podría ofrecer un tratamiento médico a toda la población francesa. Habrá, pues, que elegir». Es así como —el 7 de septiembre de 2005, en el diario Le Monde— un experto en virología resume lo que ocurrirá en caso de una pandemia de gripe aviar. Para los gestores de la sociedad, las «amenazas terroristas», las «catástrofes naturales», las «alertas virales», los «movimientos sociales» y las «violencias urbanas» no son más que momentos de inestabilidad donde ellos consiguen afianzar su poder seleccionando lo que les complace y aniquilando lo que les estorba. Lógicamente, para cualquier otra fuerza, también es la ocasión de sumarse o reforzarse tomando el partido contrario. La interrupción de los flujos de mercancías, la suspensión de la normalidad y del control policiaco liberan potencialidades de auto-organización que son inimaginables en otras circunstancias —basta ver la vida social que retorna a un inmueble súbitamente privado de electricidad, para imaginar en lo que podría convertirse la vida dentro de una ciudad privada de todo—. Esto no se le escapa a nadie. El movimiento obrero revolucionario lo comprendió tan bien que hizo de las crisis de la economía burguesa el calderón[4] de su espectacular crescendo. Los partidos islámicos jamás han sido tan fuertes como en los momentos en que han conseguido sustituir inteligentemente la debilidad del estado; por ejemplo, durante la preparación de los auxilios subsiguientes al movimiento telúrico de Bourmedès, en Argelia, o durante la asistencia cotidiana prestada a la población del sur del Líbano destruido por la armada israelita.

Como lo mencionamos más arriba, la devastación de Nueva Orleans por el huracán Katrina ofreció a toda una franja del movimiento anarquista norteamericano la oportunidad de adquirir una consistencia no conocida hasta ahora. Esto se ha hecho posible gracias a la incorporación de todos aquellos que, en dicho lugar, se resisten al desplazamiento involuntario. Las cantinas callejeras suponen haber pensado de antemano el aprovisionamiento; la ayuda médica de emergencia exige que se hayan adquirido tanto el conocimiento y el material necesario como la instalación de radios libres. Lo que tienen de alegría, de superación del desenredo individual, de realidad tangible insumisa a la cotidianidad del orden y del trabajo garantiza la fecundidad política de semejantes experiencias.

En un país como Francia, donde las nubes radioactivas se detienen en la frontera —y donde además no se tiene miedo de construir un cancéropole[5] sobre la fábrica AZF[6], cuyo antiguo emplazamiento fue clasificado Seveso[7]— hay que contar menos con las crisis «naturales» que con las crisis sociales. La mayoría de las veces, es aquí donde corresponde a los movimientos sociales interrumpir el curso normal del desastre. En efecto, durante estos últimos años las diferentes huelgas fueron principalmente ocasiones para que el poder y las direcciones de empresas probaran su capacidad de mantener un «un servicio mínimo» siempre más extenso, uno que llevase el cese laboral a su pura dimensión simbólica —que fuese a penas más perjudicial que una nevada o un suicida en la vía—. Pero, al conmocionar las prácticas militantes instauradas por la ocupación sistemática de los establecimientos y por el bloqueo obstinado, las luchas liceístas de 2005 y las efectuadas contra el CPE[8] hicieron recordar la capacidad de perjuicio y la ofensiva difusa de los grandes movimientos. Gracias a todas las pandillas que hicieron nacer con su estela, estas luchas dejaron entrever cuáles son las condiciones de los movimientos que pueden convertirse en el lugar de emergencia de nuevas comunas.

Sabotear toda instancia de representación. Generalizar la palabrería. Abolir las asambleas generales

Todo movimiento social encuentra como primer obstáculo —incluso antes que a la policía propiamente dicha— a las fuerzas sindicales y a toda esa micro-burocracia cuya vocación es la de franquear las luchas. Las comunas, los grupos básicos, las pandillas desconfían espontáneamente de esas fuerzas. Es por ello que los para-burócratas inventaron hace veinte años las coordinaciones, porque gracias a su falta de etiqueta tienen un aire más inocente. Sin embargo, no por esto habitan menos el terreno ideal de sus maniobras. Basta que un colectivo extraviado se ejercite en la autonomía para que estos no descansen hasta vaciarlo de todo contenido. Y lo hacen eliminando sin piedad las preguntas correctas. Son salvajes, no se calientan por pasión al debate, sino por su vocación a conjurarlo. Y cuando su defensa sin límites de la apatía finalmente puede más que el colectivo, explican el fracaso con la falta de consciencia política. Sin embargo, es necesario decir que en Francia lo que hace falta a la juventud militante no es precisamente el arte de la manipulación política. Esta se debe, notablemente, a la actividad fanática de las diferentes camarillas trotskistas. En este sentido, no es, pues, la manipulación política quien hubiera podido sacar la siguiente lección del incendio de noviembre de 2005: allí, donde hay coordinación, toda coordinación es superflua; allí, donde uno se organiza, las organizaciones están siempre de sobra.

Otro acto involuntario es el de hacer una asamblea general y el de votar al menor movimiento. Es un error. La simple apuesta del voto, de la decisión que hay que ganar, basta para transformar la asamblea en una pesadilla, para hacer de ello el teatro donde se enfrentan todas las pretensiones al poder. Ya pasamos por el mal ejemplo de los parlamentos burgueses. La asamblea no está hecha para la decisión, sino para la palabrería, para la palabra libre que se ejerce sin propósito.

En los humanos, la necesidad de reunirse es tan constante como escaza es la necesidad de decidir. Reunirse responde a la alegría de experimentar un poder común. Decidir es solo vital en las situaciones de urgencia, cuando el ejercicio de la democracia está comprometido en todos los aspectos. El resto del tiempo, excepto para los fanáticos del procedimiento, el problema no es el del «carácter democrático del proceso de toma de decisiones». No hay que criticar o abandonar las asambleas, sino liberar la palabra, los gestos y los juegos entre los seres. Solo es necesario ver que cada quien no viene nada más con un punto de vista, una moción; sino con deseos, apegos, capacidades, fuerzas, tristezas y una cierta disponibilidad. Si en beneficio de tal asamblea de presencias se llega a desgarrar ese fantasma de la Asamblea General, si se consigue desbaratar la siempre renaciente tentación de la hegemonía, si se cesa de establecer la decisión como definitiva; entonces, es posible que existan algunas oportunidades para que se produzca una de esas tomas en masa, uno de esos fenómenos de cristalización colectiva donde una decisión toma a los seres en su totalidad o solo en parte.

Vale lo mismo para las acciones. Partir del principio «la acción debe ordenar el desarrollo de una asamblea» es hacer imposible tanto el acaloramiento del debate como la acción eficaz. Una asamblea llena de personas extrañas entre sí se condena a designar especialistas de la acción, es decir, se condena a abandonar la acción por el control de la misma. De un lado, los delegados están por definición inmovilizados en su acción, del otro, nada les impide engañar a todo el mundo.

No hay, pues, que plantear una forma ideal para la acción. Lo esencial es que la acción se dé a sí misma una forma, que ella la origine y no que la padezca. Esto supone tanto la distribución de una misma posición política y geográfica —similares a las secciones de la Comuna de París durante la Revolución francesa— como la distribución de un mismo saber circulante. En cuanto a decidir acciones, éste podría ser el principio: que cada quien vaya a inspeccionar la zona, que se coincida con las informaciones y la decisión saldrá de sí misma, ella nos tomará en lugar de nosotros tomarla. La circulación del saber anula la jerarquía, iguala por lo alto. Comunicación horizontal, proliferante, esa es la mejor forma de coordinar las diferentes comunas para terminar con la hegemonía.

Bloquear la economía, pero medir nuestro poder de bloqueo con nuestro nivel de auto-organización

Finales de junio de 2006, en todo el Estado de Oaxaca las ocupaciones de ayuntamientos se multiplican, los insurrectos ocupan edificios públicos. En ciertas comunas, expulsan a los alcaldes y requisan los vehículos oficiales. Un mes más tarde, los accesos a ciertos hoteles y complejos turísticos son bloqueados. El ministro de Turismo habla de una catástrofe «comparable al huracán Wilma». Algunos años antes, el bloqueo se había convertido en una de las principales formas de acción del movimiento de rebeldía argentino: gracias a su acción conjunta, diferentes grupos locales se dieron apoyo mutuo bloqueando este o aquel eje, amenazando sin descanso con paralizar todo el país si sus reivindicaciones no eran satisfechas. Tal amenaza fue durante mucho tiempo una palanca poderosa en las manos de los ferroviarios, electricistas-gasistas y choferes de carretera. El movimiento contra el CPE[9] no dudó en bloquear estaciones, circunvalaciones, fábricas, autopistas, supermercados e incluso aeropuertos. En Rennes, no hicieron falta más de trescientas personas para inmovilizar la circunvalación durante horas y provocar cuarenta kilómetros de embotellamiento.

Bloquear todo: he aquí, en lo sucesivo, el primer acto reflejo de todo lo que se levanta contra el orden actual. En una economía que es objeto de deslocalización, una economía donde las empresas funcionan con justo-a-tiempo[10], donde el valor deriva de las conexiones, donde las autopistas son eslabones en una cadena de producción desmaterializada que va de subcontratista en subcontratista y de allí a la fábrica de montaje, en una economía así, bloquear la producción es también bloquear la circulación.

Pero no se puede actuar bloqueando más de lo que permita la capacidad de abastecimiento y de comunicación de los insurrectos, más de lo que permita la auto-organización efectiva de las diferentes comunas. ¿Cómo alimentarse una vez que todo se encuentra paralizado? Saquear los comercios, como se hizo en Argentina, tiene sus límites. Por más grandes que sean los templos del consumo, ellos no son alacenas inagotables. Así, adquirir la aptitud de procurarse eventualmente la subsistencia elemental implica apropiarse de los medios de su producción. En este punto, parece bastante inútil esperar más tiempo. Dejar en manos de solo el dos por ciento de la población el cuidado de producir la alimentación de todos los demás, como se hace actualmente, es una sandez tanto histórica como estratégica.

Liberar el territorio de la ocupación policiaca. Evitar, en la medida de lo posible, el enfrentamiento directo

A propósito de las recientes emboscadas, un policía señalaba con lucidez: «esta cuestión destaca que no tenemos que molestar a los jóvenes que reclaman más ventajas sociales, sino a los individuos que declaran la guerra a la república». La ofensiva que apunta a liberar el territorio de su ocupación policiaca ya se encuentra comprometida, y puede contar con las reservas infinitas de resentimiento que estas fuerzas han reunido contra ellas. No menos que los juerguistas de Rennes —que se enfrentaron a los CRS[11] cada jueves por la noche en el año 2005— o los de Barcelona —que devastaron recientemente una arteria comercial de la ciudad durante un botellón[12]—, los «movimientos sociales», poco a poco, salen victoriosos a causa del motín. Así, el movimiento contra el CPE[13] presenció el regreso normal del coctel molotov. Pero a estas alturas ciertos suburbios son insuperables. Especialmente, en una técnica que se perpetúa desde hace mucho tiempo: la emboscada. Recuérdese, por ejemplo, la del 13 de octubre de 2006 en Épinay: hacia las 11 de la noche, luego de una llamada denunciando el robo de un vehículo, salen algunos equipos de la BAC[14]; al llegar a la zona, uno de ellos «se vio bloqueado por dos automóviles, estacionados en medio de la calle, y por más de una trentena de personas que salieron al encuentro de los policías portando barras de metal y armas de mano, lanzando piedras sobre el vehículo y utilizando gas lacrimógeno». A menor escala, solo se piensa en las comisarías de los barrios atacados durante las horas de cierre: vidrios rotos, carros incendiados.

Uno de los logros de los últimos movimientos es que, a partir de ahora, una verdadera manifestación debe ser «salvaje», no declarada a la prefectura. Al poder elegir el terreno, se tendrá cuidado —como lo tuvo en 2001 el Black bloc[15], en Génova— de evitar las zonas rojas, de huir del enfrentamiento directo. Al decidir el trayecto, se tendrá cuidado de pasear a los policías en lugar de ser paseados por la policía, especialmente sindical, especialmente pacifista. Esto se pudo ver cuando un millar de personas decididas hizo retroceder carros llenos de carabinieri[16] para finalmente incendiarlos. Lo más importante no es ser el mejor armado, sino tener iniciativa. El coraje no es nada, la confianza en el coraje propio lo es todo. Allí, tener la iniciativa ayuda.

Sin embargo, todo incita a considerar que las confrontaciones directas son puntos de asentamiento de las fuerzas adversas, puntos que permiten temporizar y atacar en otros lugares, incluso muy cerca. Así, que no se pueda impedir que una confrontación se lleve a cabo, no prohíbe hacer de eso una simple distracción. Más que a las acciones, es necesario apegarse a su coordinación. Acosar a la policía es hacer que ella no sea eficaz en ninguna parte por encontrarse ya en todos lados.

Cada acto de acoso reanima esa verdad enunciada ya en 1842: «La vida del agente de policía es penosa, su posición en medio de la sociedad es tan humillante y despreciada como el crimen mismo […] La vergüenza y la infamia lo ciñen en todas partes, la sociedad lo expulsa de su seno, lo aísla como un paria, le escupe su desprecio al pagarle, lo hace sin remordimientos, sin arrepentimientos, sin piedad […] la placa de policía que lleva en su pecho es un diploma de ignominia». El 21 de noviembre de 2006, los bomberos que manifestaban en París atacaron a los CRS[17] con golpes de martillo e hirieron a quince de ellos. Esto, para recordar que «tener la vocación de ayudar» no podrá jamás ser una excusa de valor para ser parte de la policía.

Estar armados. Hacer todo para conseguir que su uso sea superfluo. Frente a la armada, la victoria es política

No hay insurrección pacífica. Las armas son necesarias: se trata de hacer todo para conseguir que su uso sea superfluo. Una insurrección es más una toma de armas, más una «permanencia armada» que un paso a las armas. Se tiene, pues, todo el interés de diferenciar lo que es el armamento del uso de las armas. Las armas son una constante revolucionaria, aun cuando en los momentos de grandes cambios su utilización sea poco frecuente y decisiva: 10 de agosto de 1792, 18 de marzo de 1871, octubre de 1917[18]. Cuando el poder está dentro de la alcantarilla, basta con pisotearlo.

En la distancia que de ellas nos separa, las armas adquirieron ese doble carácter de fascinación y de asco que solo su manejo permite superar. Un pacifismo autentico no puede ser una negativa a las armas, solamente a su uso. Ser pacifista sin poder abrir fuego no es más que la teorización de la impotencia. Ese pacifismo a priori corresponde a una especie de desarme preventivo, es una pura operación policiaca. En realidad, la cuestión pacifista no se plantea seriamente hasta que se tiene el poder de abrir fuego. Y en ese caso, el pacifismo será por el contrario un signo de poder, porque solo después de una extrema posición de fuerza es que se libera uno de la necesidad de abrir fuego.

Desde un punto de vista estratégico, la acción indirecta, asimétrica, parece la más redituable, la mejor adaptada a la época: no se ataca frontalmente una armada de ocupación. Sin embargo, la perspectiva de una guerrilla urbana tipo iraquí es más para temer que para desear, esta se estanca sin la posibilidad de una ofensiva. En otras palabras, la militarización de la guerra civil es el fracaso de la insurrección. Los Rojos bien pueden triunfar en 1921, pero la Revolución rusa ya se perdió.

Hay que considerar dos tipos de reacciones estatales. Una de hostilidad franca; la otra, más solapada, democrática. La primera apela a la destrucción sin concesiones. La segunda, con una hostilidad sutil pero implacable, solo espera alistarnos. Podemos ser derrotados por la dictadura, pero también por el hecho de quedar reducidos a no oponernos más que a ella. La derrota consiste tanto en perder una guerra como en perder la elección de la guerra que hay que ganar. Las dos, por lo demás, son posibles: así lo prueban tanto el fascismo como la república de España cuando derrotaron doblemente a los revolucionarios en 1936.

Desde que las cosas se hacen serias, es la armada quien ocupa el terreno. Pero su entrada en acción parece menos evidente. Para ello sería necesario un Estado decidido a cometer una matanza, y eso existe hoy solo a título de amenaza, más o menos como el uso del arma nuclear desde hace medio siglo. No se puede negar que, aunque esté herida desde hace ya mucho tiempo, la bestia estatal es peligrosa. Frente a la armada, se necesita una muchedumbre numerosa, una que invada los rangos y que fraternice. Se necesita, pues, el 18 de marzo de 1871[19]. La armada en las calles, eso es una situación insurreccional. La armada entra en acción, ese es el desenlace que se precipita. Cada uno se ve obligado a tomar posición, a escoger entre la anarquía y el miedo a la anarquía. Así es como triunfa una insurrección, como fuerza política, porque políticamente no es imposible tener más poder que una armada.

Destituir localmente a las autoridades

Para una insurrección, la cuestión principal es hacerse irreversible. La irreversibilidad se consigue cuando se ha vencido, al mismo tiempo que a las autoridades, a la necesidad de autoridad; al mismo tiempo que a la propiedad, al gusto por apropiarse; al mismo tiempo que a toda hegemonía, al deseo de hegemonía. Es por ello que el proceso insurreccional contiene en sí mismo el modelo de su victoria o el de su fracaso. En materia de irreversibilidad, la destrucción jamás ha sido suficiente. Todo está en la manera de hacerlo. Hay formas de destruir que provocan sin falta el regreso de lo que se ha aniquilado. Quien se ensaña contra el cadáver de un orden, también se asegura de hacer nacer la vocación de vengarlo. Así, por todas partes donde la economía se encuentra bloqueada, donde la policía está neutralizada, es importante poner lo menos de grandilocuencia posible en el derrocamiento de las autoridades. A Ellas hay que destituirlas con un atrevimiento y un escarnio escrupulosos.

En esta época, a la descentralización del poder le corresponde el fin de las centralidades revolucionarias. Bien hay todavía Palacios de Invierno[20], pero estos se encuentran más destinados al asalto de los turistas que al de los insurgentes. Actualmente, París, Roma, o Buenos Aires pueden ser tomadas sin conseguir lo que se busca. En efecto, la toma de Rungis tendría más consecuencias que la del Eliseo. El poder ya no se concentra en un punto del mundo: es el mundo. Es sus flujos y sus avenidas, sus hombres y sus normas, sus códigos y sus tecnologías. El poder es la organización misma de la metrópoli. Es esa totalidad impecable del mundo de las mercancías en cada uno de sus puntos. Así, quien lo derrota localmente produce a través de sus redes una onda de choque planetaria. Los asaltantes de Clichy-sous-Bois[21] hicieron feliz a más de un hogar norteamericano, mientras que los insurrectos de Oaxaca encontraron cómplices en pleno corazón de París. Para Francia, la perdida de la centralidad del poder significa el fin de la centralidad revolucionaria parisina. Cada movimiento nuevo, desde las huelgas de 1995, lo confirma. Ya no es allí que surgen los mandos más osados, lo más consistentes. Para terminar, es como simple objetivo de razzia, como puro terreno de pillaje y de estragos que París se distingue todavía. Son breves y brutales incursiones que provienen de otras partes las que se enfrentan al punto de densidad máximo de los flujos metropolitanos. Son estelas de rabia que surcan el desierto de esa abundancia facticia, y se desvanecen. Llegará pues el día cuando la capital —esa espantosa concreción del poder— quede completamente arruinada. Pero eso solo será hasta el término de un proceso que se encontrará por todas partes más avanzado que ahora.


[1] Ver nota 11.

[2] Ciudad de Argelia.

[3] En el original “faire feu de tout crise”. Ver nota 71.

[4] Calderón o en francés “point d’orgue” hace referencia a un símbolo musical que se usa normalmente para indicar un punto de reposo que alarga la duración de las figuras que afecta.

[5] Centro de investigación y lucha contra el cáncer.

[6] En Toulouse, fábrica química de fertilizantes con clasificación Seveso (ver nota siguiente). El 21 de septiembre de 2001, uno sus hangares hizo explosión.

[7] La directriz Seveso es un acto normativo de la Unión europea. Es exigido para que se identifiquen los emplazamientos o lugares que por la naturaleza misma de su función son peligrosos.

[8] Ver nota 38.

[9] Ver nota 38.

[10] Ver nota 22.

[11] Ver nota 11.

[12] Costumbre entre los jóvenes españoles de reunirse en las vías públicas para consumir bebidas alcohólicas, comida, refrescos, tabaco u otras drogas.

[13] Ver nota 38.

[14] Ver nota 6.

[15] El Bloque Negro es, en el curso de una manifestación, una agrupación momentánea de individuos cuya presencia, a menudo, da lugar a enfrentamientos con las fuerzas policiales. Generalmente se forman al margen de las manifestaciones practicando acciones directas, por ejemplo: produciendo daños materiales a edificios de instituciones oficiales o sociedades multinacionales. Su acción también puede ser no violenta.

[16] Equivalente en Italia de la guardia civil francesa.

[17] Ver nota 11.

[18] Respectivamente: insurrección del 10 de agosto (en Francia), inicio de la comuna de París y revolución rusa.

[19] Ver nota 110.

[20] Palacio imperial de Rusia, construido bajo petición de Elisabeth Petrovna hija de Pedro I Alekséyevich el Grande.

[21] Ciudad y municipio de Francia.

¡Todo el poder para las comunas!

En el metro ya no se encuentran rastros de la cortina de molestias que habitualmente pone trabas a los gestos de los pasajeros. Los desconocidos se hablan, ya no se abordan. En la esquina de una calle, hay una pandilla en conciliábulo. En los bulevares, hay aglomeraciones más vastas discutiendo seriamente. Los asaltos se presentan paralelamente, de una ciudad a otra, de un día al otro. Un nuevo cuartel fue saqueado, luego quemado. Los habitantes de un hogar desahuciado dejaron de intercambiar panfletos con el ayuntamiento: simplemente lo habitan. En un arrebato de lucidez, un gerente acaba de cargarse a un puñado de colegas en plena reunión. Algunos archivos que contienen la dirección personal de los policías y guardias civiles, así como también la de los empleados de la administración penitenciaria, acaban de filtrarse acarreando una ola de mudanzas sin precedente. A la antigua abarrotería-bar de la ciudad, llevamos el excedente de lo que producimos, y nos procuramos lo que nos hace falta. También nos reunimos allí para hablar sobre la situación general y el material necesario para el taller mecánico. La radio mantiene a los insurrectos informados sobre el retroceso de las fuerzas gubernamentales. Un cohete acaba de derribar la muralla de la prisión de Clairvaux. Imposible decir si es un mes o años los que han transcurrido desde que los «acontecimientos» comenzaron. El primer ministro parece estar bastante solo con sus llamados a la calma.

Advertisements

1 Comment »

  1. Reblogged this on Orrantia.Askatasuna.Libertad and commented:
    todo el poder para las comunas libres confederadas

    Comment by mikelorrantia — June 1, 2015 @ 7:22 pm


RSS feed for comments on this post.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

Blog at WordPress.com.

%d bloggers like this: